Tren a Varýkino

PASAJE |DE CHINITAS 
“Cuando se escribe en Belmonte Arte, la casa de Melanie Belmonte…”
Iván R. Ray
Escritor | Colaborador Belmonte Arte ©

Al cielo se va en tren, “…el pasillo de un tren/ de madrugada…” que cantaba el poeta aquel. En ellos el revisor es cómplice del maquinista porque hace años que la línea no funciona, fue suspendida por la gubernamentalidad y hoy es solo una cicatriz en el paisaje. Pero los viajeros se deben a sus trenes, los que trajeron el progreso que, tras dejarse admirar, volvieron a marcharse. El revisor, uniformado como cuando lo de Cuba, no se atreve a decirle a esos viajeros que el tren ya no lleva a ninguna parte, que ese trayecto ya no existe. Y el andén es a la hora en punto el embarcadero de la laguna Estigia, suben ordenados según la liturgia de unos siglos pasados que el maquinista contempla melancólico ante su destino.
El revisor rompió la orden de la gubernamentalidad que anunciaba la supresión de la línea que unía aquel lugar con un rincón cualquiera del universo, no tuvo arrestos para decirle a sus vecinos que el tren ya no era más tren, ni valor para dejar de lucir su uniforme azul destino con banderín rojo bajo el brazo. Desde aquel día los viajeros se agolpan y esperan, pacientes y ordenados.
Una voz rancia anuncia por megafonía:
-Tren procedente de Varýkino con destino a Marsella…
Son las cinco de la tarde y llueve mucho aunque sea París. Tanto que la tinta de las cartas se corre bajo la lluvia.
 
Nunca hubo un viaje más largo que aquel a Marsella, primera parada. Allí bajaron algunos y nadie subió en su huida. Cuando partió se llevaron aquella línea de tren y en otras mil estaciones miles de viajeros aguardan pacientes sosteniendo maletas de cartón a que otro tren resople. El maquinista los observa y llora porque ya es demasiado mayor para saber lo que hace.
Luego vino todo lo demás, las botas y los desfiles, y la línea de tren que esperamos algunos con origen en Varýkino, a ese otro lado de los Urales donde habitan los recuerdos que vencieron a la muerte.
El revisor les hace subir, luego ordena los vagones por clases según las esperanzas con las que esperan llegar al final del trayecto, revisa el equipaje de sus ojos y comprueba los billetes que él mismo ha elaborado en alguna vieja imprenta. No se atreve a confesarles que ese tren les lleva al cielo, que ese trayecto en la tierra no existe, que los paisajes que verán por las ventanillas son sus recuerdos y que las personas a las que despedirán moviendo la mano son ellos mismos. Llueve, siempre llueve cuando la naturaleza, la propia vida, no sabe qué decir y disimula.
 
Los viajeros se sientan como lo hacen los dados al caer después de agitar el cubilete, siguiendo ese orden preciso que les asigna el azar. Todo está dispuesto y el revisor llora de nuevo. Aquel tren a Marsella es hoy el viaje de tantos que trataron de llegar a Verýkino, los pasajeros se miran y sonríen. Último aviso. No, no puede decirles que ese tren, ese viaje a sus anhelos no existe salvo en sus corazones abiertos. A un lado de la ventanilla están quienes los despiden, al otro los olivos y el Sena y las cumbres con su nieve.
Morir es ese momento en el que el tren se pone en marcha, ese instante, ese parpadeo de cuando tenemos la vista fija en un objeto y sentimos que se mueve, es un ángel que nos toca el hombro y el momento indescriptible de arrancar nuestro cuerpo pesado y pobre de las garras de las leyes de la gravedad. El tren muerto revive y esa cremallera que es la vía se abre ante nosotros ofreciéndonos cuanto escondía. 

 

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