Casting ‘Idol Kids’ Telecinco

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Idol Kids - Cartel A4 v2 - Javier
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Alma Ufana

Larga vida, alma ufana.
Enajenada, expropiada y traicionada.
Esperanza empañada por vileza enmascarada.
Vindicta reclamada por venganza sentenciada.
Larga vida, alma ufana.
Pignorada, repudiada y despojada.
Nigromancia ejecutada por celada reclamada.
Estricta horadada por firmeza auspiciada.
Larga vida, alma ufana.
Angustiada, fusilada y lapidada.

M. Belmonte

Alma Ufana (2)

Juegos de Azahar

PASAJE |DE CHINITAS 
“Cuando se escribe en Belmonte Arte, la casa de Melanie Belmonte…”
Iván R. Ray
Escritor | Colaborador Belmonte Arte ©

Existen azahares que huelen a ciudad, las que se sueñan junto a las riberas de aguas tiernas de ríos apacibles, allá donde mares no hay que uno. Son azahares que al llegar nuestro tiempo se asemejan a botones que se desabrochan para aspirar mejor el aire siempre nuevo de siempre y, dejando a la primavera con el torso al aire, poder sentir cómo nos toma su aire cálido por la cintura invitándonos a bailar. El azahar es flor que solo se huele en la lejanía, la de los pasos que miran atrás. La distancia de lo que fuimos huele a azahar, a los recuerdos que serán.

Hay ciudades que suenan a azahar, notas de un pentagrama para quienes pasean bajo sus hojas, música de ciudades amadas que adornan los pasos quedos acompañados por los violines de las abejas. Sobre ellas, un cielo de color azul libélula nos recuerda que no debemos olvidar esos lugares en los que, a nuestras espaldas, suenan los cascos de un caballo en ciudades que suenan a castañuelas.

Existen azahares que erizan las caricias de los amantes donde nadie les ve para que todo se sepa, jardines de luces anaranjadas y flores blancas, pequeñas y delicadas, rincones alfombrados de azahar como fueron las bodas de ayer. El azahar es la flor de la primera vez.

Existen ciudades que desprenden el aroma de la ropa recién planchada y tendida al sol blancas y azuletes, las de las abuelas con delantal que florecen en abril. Son las ciudades con plazuelas que soñaron ser calles pero apenas llegaron a avenidas por las que van y vienen los sueños. En ellas los niños de rodillas magulladas conocen el azahar, es la vida entre carreras en pantalón corto, donde las niñas se maquillan las heridas de rojo y ofrecen a sus titanes guirnaldas de naranjos reservadas a los ganadores. El azahar es la flor de la niñez que acuna a los viejos, perlas florecidas.

El azahar es el hechizo a la tarde del que surgen todos los hechizos, un vals cuando se alargan las sombras, el fruto jondo de un blanco que, a la infiel, se le hace reflejo del acero de una navaja. Azahar es vida que preña la muerte de los paseos clandestinos, de palmas, de persianas, de patios, es la flor de los vecinos. Son lágrimas derramadas cuando no queda más consuelo, las promesas de los amores adolescentes de volver a encontrarse mañana, a la misma hora, en el mismo sitio.

El azahar es estrella que baja a la noche a nuestras calles para dormitar vigilando el pasearse acunado de amantes de barrios antiguos como la vida, y estrechos como los abrazos. Es la promesa blanca que dejó el Creador a nuestros primeros padres como recuerdo del paraíso para que no enloqueciéramos, el destello de las olas al romper que queda enredado entre nuestras ramas.

Existen, en fin, ciudades que huelen a azahar. Y existe usted.

MAS PUTA QUE LAS GALLINAS…

MUTATIS MUTANDIS

…que aprendieron a nadar para follarse a los patos…

Ayer por primera vez escuché la segunda parte de este simpático y extendido dicho. Fue en un contexto tabernario rural, un fornido mozo entrado carnes lo utilizó a voz en grito para referirse a alguien, una mujer concretamente, que, dado el regocijo generalizado con que fue recibida la frase, todos debían conocer.

La palabras exactas fueron: “esa es más puta que las gallinas que aprendieron a nadar para follarse a los patos” . Gol y LOL general.

La verdad es que lo de ser más puta que las gallinas es un dicho que siempre me ha llamado la atención, desde la primera vez que lo escuché me quedé pensando en el tema. ¿Por qué eran putas las gallinas? Quizá esa extrañeza venía motivada por el hecho de que mis abuelos tenían gallinas y, de pequeña, el gallinero era uno de mis lugares favoritos. De hecho había un par de gallinas a las que consideraba amigas personales, cuando me veían se acercaban corriendo, comían de mi mano y se dejaban acariciar pacientemente.

Lo cierto es que siempre me parecieron simpáticos esos animalillos, cuando los conoces bien ves que cada una tiene su propia personalidad, e incluso sus manías. Juro por Dios que tuvimos una obsesionada por entrar en casa y poner sus huevos en la cocina, encima de la pila de leña. Se escondía a la entrada de la casa y como alguien se dejara la puerta abierta se colaba y ponía su huevo. A mi madre no le gustaba porque no lo consideraba higiénico, ni le parecía normal que una gallina fuera tan tozuda, pero tuvo que acabar por aceptarlo, y hasta le puso una cajita con paja. Yo le llamaba Telehuevo.

Puede decirse, sin pecar de arrogancia, que tengo sobrada experiencia en en temas de gallinero, y nunca había observado yo comportamientos escandalosos entre las féminas gallináceas. Al contrario. Los promiscuos, si es que con ese adjetivo se puede calificar al instinto animal, son los gallos, que se cepillan a todas las gallinas disponibles. Según mi madre para un gallinero saludable es necesario un ratio de seis gallinas por gallo, si hay menos el gallo acaba por desplumarlas con su pasión de gavilán. Por todas estas cosas nunca había entendido yo el dichoso dicho de ser más puta que las gallinas.

Ahora lo entiendo; se trataba de gallinas tan putas que aprendían a nadar para satisfacer sus instintos sexuales y montarse un interracial con los patos.

Y de esta manera, una vez más el instinto sexual femenino se usa como sinónimo de inmoralidad y de desenfreno, las féminas que buscan sexo, o que sienten deseo sexual se identifican con putas. Como si las putas lo fueran para satisfacer sus instintos y no para ganarse la vida.

Mutatis mutandis. Hay tantas cosas que deben de cambiar.

Hay tantas cosas que tienen que cambiar.


Carmen Blanco Sanjurjo