Juegos de Azahar

PASAJE |DE CHINITAS 
“Cuando se escribe en Belmonte Arte, la casa de Melanie Belmonte…”
Iván R. Ray
Escritor | Colaborador Belmonte Arte ©

Existen azahares que huelen a ciudad, las que se sueñan junto a las riberas de aguas tiernas de ríos apacibles, allá donde mares no hay que uno. Son azahares que al llegar nuestro tiempo se asemejan a botones que se desabrochan para aspirar mejor el aire siempre nuevo de siempre y, dejando a la primavera con el torso al aire, poder sentir cómo nos toma su aire cálido por la cintura invitándonos a bailar. El azahar es flor que solo se huele en la lejanía, la de los pasos que miran atrás. La distancia de lo que fuimos huele a azahar, a los recuerdos que serán.

Hay ciudades que suenan a azahar, notas de un pentagrama para quienes pasean bajo sus hojas, música de ciudades amadas que adornan los pasos quedos acompañados por los violines de las abejas. Sobre ellas, un cielo de color azul libélula nos recuerda que no debemos olvidar esos lugares en los que, a nuestras espaldas, suenan los cascos de un caballo en ciudades que suenan a castañuelas.

Existen azahares que erizan las caricias de los amantes donde nadie les ve para que todo se sepa, jardines de luces anaranjadas y flores blancas, pequeñas y delicadas, rincones alfombrados de azahar como fueron las bodas de ayer. El azahar es la flor de la primera vez.

Existen ciudades que desprenden el aroma de la ropa recién planchada y tendida al sol blancas y azuletes, las de las abuelas con delantal que florecen en abril. Son las ciudades con plazuelas que soñaron ser calles pero apenas llegaron a avenidas por las que van y vienen los sueños. En ellas los niños de rodillas magulladas conocen el azahar, es la vida entre carreras en pantalón corto, donde las niñas se maquillan las heridas de rojo y ofrecen a sus titanes guirnaldas de naranjos reservadas a los ganadores. El azahar es la flor de la niñez que acuna a los viejos, perlas florecidas.

El azahar es el hechizo a la tarde del que surgen todos los hechizos, un vals cuando se alargan las sombras, el fruto jondo de un blanco que, a la infiel, se le hace reflejo del acero de una navaja. Azahar es vida que preña la muerte de los paseos clandestinos, de palmas, de persianas, de patios, es la flor de los vecinos. Son lágrimas derramadas cuando no queda más consuelo, las promesas de los amores adolescentes de volver a encontrarse mañana, a la misma hora, en el mismo sitio.

El azahar es estrella que baja a la noche a nuestras calles para dormitar vigilando el pasearse acunado de amantes de barrios antiguos como la vida, y estrechos como los abrazos. Es la promesa blanca que dejó el Creador a nuestros primeros padres como recuerdo del paraíso para que no enloqueciéramos, el destello de las olas al romper que queda enredado entre nuestras ramas.

Existen, en fin, ciudades que huelen a azahar. Y existe usted.

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