Fresas

PASAJE |DE CHINITAS 
“Cuando se escribe en Belmonte Arte, la casa de Melanie Belmonte…”
Iván R. Ray
Escritor | Colaborador Belmonte  ••• | Arte

Cuando nadie mira, la naturaleza hace fresas. Y lo hace para presumir, claro, pintándose de rojo, de rojo sangre, los labios de esos frutos que nos regala para que se sepa que no se olvida de nosotros. Aparecen así en su época, que son todas en las que cabe mirar, son los diamantes que, cansados de estar escondidos bajo la tierra donde dormitan desde comenzó la eternidad, florecen asomándose a nuestros ojos como brillantes que maduran después de cristalizar, entregándose a los amantes jugosos y a los niños que las comen por las noches.

Y así las vemos, tan perfectas que no cabe en ellas un defecto más, queridas y tan deseadas que solo podemos llevarlas a la boca con los mismos dedos con los que se cometen los pellizcos. Es la fruta sin pretenderlo de quienes pretenden iniciarse en las ciencias inexactas, la de los caprichos, y por eso crecen donde más se las espera. Son, en fin, el fruto que ha de comerse de uno en uno entre dos, como ellas, para disimular, tal vez por ello aprendieron a esconderse de aquellos que no las merecen, ocultándose miméticas entre las zarzas para no ser encontradas. Porque son, quien las probó lo sabe, fruta de curso legal en la naturaleza.

Y así contamos las fresas para saber saber los años que nos quedan por haber vivido y, en la palma de las manos, sentir el latido emocionado y tierno como el corazón de un jilguero antes de devolverlo al viento. Laten las fresas la cadencia de las entrañas de las tierras como si bajo el suelo que besamos después de pisarlo usted bullera el acorde de mil corazones coronados de verde.

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Y así los amantes se confunden con las fresas cuando el alba llega, para ellos, a cualquier hora del día, la única fruta que al morderse deja en su carne la marca perfecta de la persona por amar que ha de morderla después, o antes, porque el tiempo no importa para entonces. Porque son las fresas alimento que no se digiere, que es pulpa que abraza y empapa el corazón de quien la toma mirando a los ojos de la otra persona para después, cerca de él, volver a brotar como antes lo hizo entre las hierbas salvajes.

Y así las comen esos otros amantes que son los niños por las noches, que es cuando sueñan despiertos, engarzadas unas con otras y tan dulces para que las reciba su pequeño paladar, que es el cielo siempre estrellado de su boca, y con el sonido de sus mordiscos de cinco ferocidades resuene su alborozo hasta donde alcancen los sentidos. Las comen para no dejar de ser nunca niños.

Y así la tierra, que es madre para todos y madrastra para los demás, nos regala lo más íntimo que alberga en su seno, es la vida que mana, palpita y tiembla, menstrua su ser y su futuro en forma de pequeño capricho rojo a nuestros ojos, el deseo de desear que protege nuestros senos ahí donde nos es posible distinguir el aroma del fruto y de la carne. En la tierra en la que el hombre clava sus uñas, florece una fresa.

Existen muchas formas de contemplar la vida. Una de ellas es en blanco y fresa.

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