Penélope

PASAJE |DE CHINITAS 
“Cuando se escribe en Belmonte Arte, la casa de Melanie Belmonte…”
Iván R. Ray
Escritor | Colaborador Belmonte  ••• | Arte

Con demasiada frecuencia olvidamos que el traje que nos cubre está tejido de tiempo y, en cada paso que damos, dejamos jirones de vida en cada rama de cada árbol de la ciencia. Cree el hombre que camina avanzando, pero lo hace sobre una tierra que gira sobre sí misma y que, al cabo, tras los pasos que caben en cada existir, muere a la misma distancia del centro de este mundo, y de su luna, que cuando nació. Mientras llega el otoño el tiempo, con sus dedos de nubes, desnuda los árboles como se arrancan las hojas de todos los calendarios, dejando los troncos y las ramas como gritos en piedra de todo aquello que quedó sin ser deseado. La naturaleza parece entonces echarse a morir, y el hombre que la contempla siente el hielo del invierno que se acerca hollando la hierba que pronto cubrirá la nieve dándole la forma de sus pasos. En la ciencia que ordena el alma de los hombres, el tiempo es la incógnita de sus ecuaciones porque para el tiempo somos nosotros, los hombres, los que pasamos fugaces y tercos.

El tiempo se alimenta de nuestra carne y, como amante, se deja seducir por la imagen que reflejas en nuestro espejo. Solo el amor es más fuerte que el tiempo y a él se somete para derrotarlo. Podemos conocer los caminos que ha recorrido una persona en su vida por su forma, la que a modo de tatuaje quedan para siempre en su faz y llamamos con cariño arrugas. Todo lo demás, en fin, será paisaje, lo que duramos en salir desde el fondo del pozo hasta su brocal para ver que no hay nada más acá. Como todo lo creado el hombre nace, crece se reproduce y, si no la conoce a usted, muere.

Nos entregamos al tiempo como nos rendimos al amor y solo este, el amor, puede vencerlo con sus propias armas, que son las agujas de los relojes que se blanden como sables afilados, terribles y sedientos cuando brillan al sol reflejando su luz en las hojas, o aguerridos y dulces en manos de quien sabe tejer con ellas, virtud aprendida de boca de los propios siglos. Son las manos que hilan los dobladillos del tiempo por el que devenimos porque solo las manos de una mujer capaz, de ellas sí, tienen la fuerza de burlar su suerte de hierro, manos femeninas por las que ese tiempo se mueve avanzando y retrocediendo a su antojo. Son las manos que esperan de día a su amor de la noche, tejiendo desde que sale el sol, deshilachando en la vigilia. Son las manos de Penélope que aguardan el regreso de aquel a quien un día entregó su vida transformando el tiempo en un tejer y en un deshacer con el que llegamos a comprender que, cuando se ama, es posible vivir toda la eternidad antes de que ponga el sol. Penélope es la paradoja de quienes, como Eumeo, custodiaron la sombra de su señor presentado ante el tiempo como un mendigo.

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