ES FUEGO.

PASAJE | DE CHINITAS 
“Cuando se escribe en Belmonte Arte, la casa de Melanie Belmonte…”
Iván R. Ray | Escritor
Colaborador Belmonte  ••• | Arte
 

Le conocimos en Antioquía, ¿te acuerdas?, aquel anciano que dibujaba figuras con el fuego de su lumbre. ¿Cómo se llamaba? No importa, solo recordamos que llovía y que insististe como solo sabes insistir tú. Y que entonces tomó un tronco y lo echó a las brasas que caldeaban su casa, y que te pidió que te sentaras para mirar fijamente las llamas. Y que el anciano las hizo danzar para ti. Las cosas amadas solo arden una vez, dijo. Después todo es ceniza, y ceniza sobre brasas. En las cenizas podemos dibujar con el dedo, o escribir tu nombre, o el suyo, que ya serán. Fuego es todo lo que fue alguna vez y será para siempre, como un Chesterfield tuyo, señora, que fue humo que aún es, y calada que aún es, y ceniza que fue solo cuando muramos. El fuego es tan verdad que no se puede tocar sin gritar de dolor, y en su resto solo cabe la pisada de una huella. Tal vez por eso el fuego busca el cielo y la nada que todo lo abarca, la que no se crea ni se destruye, que solo nos transforma. Solo donde hay fuego no cabe otra cosa que no sea mirar y purificar el oro, como cuando se entrega el fuego como Prometeo, para siempre, atado a una roca aguardando al águila voraz.

¿Recuerdas al anciano? Plantaba sus árboles cuando lo de la luna, los ahormaba con machete de plata, los guardaba bajo su almohada y les hablaba de usted. Eso te dijo. Después encendía el fuego echando en las brasas la voz de tu nombre, y el fuego era naranja o rojo, quién sabe, y le hablaba de tus ojos para enardecerlo. Después elegía la madera porque le pedías ver bailar las llamas, pero ni las danzas ni los troncos talados son iguales para todos. Fue cuando te miró y te sonrió, y cogió el último, quebrado, para ti. Al prender las llamas bailaron para que usted lo viera, y yo también lo vi desde aquí, que fue como un cisne levantando el vuelo, o una encantadora de abejas recolectando miel.

El anciano lloró, ¿recuerdas?, lloró porque las figuras que encarnaron las llamas que bailaron para ti nunca regresarían. Cada llamarada era una figura guardada en esa madera que, al sentirte, danzó para que las vieras, y después murió. Por eso lloraba el anciano. Sobre la piedra quedó su rescoldo primero y su ceniza siempre, y que se llevaría después, cuando no estuvieses, el viento en su pico. Así fue entonces y será mañana.

El tiempo es el fuego cuando no arde de una vez, nos dijo. No le creímos hasta que llegó la noche y su rumor, cuando al despertar sus huellas, las de las llamas que bailaron para usted, permanecían sobre la piedra tibia. La noche, supimos, arde con el fuego igual que la madera y las cartas, la noche arde y ya no es noche porque alumbra los pasos para que sepamos dónde hemos de tropezar y hacer que caemos porque sabemos que ahí están sus brazos para abrasarnos.

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