Y Argos.

PASAJE | DE CHINITAS “Cuando se escribe en Belmonte Arte, la casa de Melanie Belmonte…” Iván R. Ray | Escritor
Colaborador Belmonte  ••• | Arte

El mundo no es hermoso cuando nace, es humilde, el mundo se hace sencillo para que usted lo mire, lo es porque no podemos abarcar su belleza si no es en los ojos de otro, y así lo conocemos por cómo sonríes al hablarnos de cuanto es amado, de su luz reflejada en su iris, de su perfume en sus dedos, de cómo callas para explicarnos su majestad. No conocemos el mundo porque lo vemos, sabemos de él porque lo contemplamos en los demás, en la risa de los niños y en el dulce suspiro de un anciano. Hemos de cerrar los ojos para recrearlo en los otros, en cómo lo cuentan, en cómo liban su vida, cómo nos explican la sombra que provocan los besos cada tarde. El mundo no es nada como nada es el viento tosco hasta que se hace brisa que enmaraña una melena. Porque el mundo, al fin, no es hermoso, que lo hermoso se hizo mundo una mañana, demasiado temprano como para tener miedo a tener miedo, cuando usted quiso mirarlo. La belleza del mundo que usted habita es lo que nos queda cuando cerramos los párpados, cuando miramos de reojo como quien navega entre una multitud hasta encallar en otros ojos, en otra mirada, apenas un desliz que dura toda la vida, un fulgor a cuyo lado el resto de la existencia es una nota a los pies de las páginas. La belleza del mundo carece de sentido si no es compartida, es llover en el mar, la nieve de las altas cumbres cuando nadie la ve, a veces absurda, en ocasiones cruel, siempre un Argos de fatal destino. Cuando dejemos de recordar nuestro nombre y a quien pertenece la sombra que nos sigue, esa mirada que un día, entre la gente, se cruzó con la nuestra seguirá viva reclamando su sitio en nuestra eternidad. Son esos ojos que nuca duermen, la mitad de una vida que pesa lo que una mitología, leales hasta el fin, hasta su sacrificio. Es su mirada la que hizo hermoso cuanto existe, cuando le hizo aguantar la respiración, evocar, querer amada allí, en ese lugar y no en otro, donde nada más que lo que contemplado tendrá existencia desde entonces, y belleza, la suya, la que le regaló al contemplarlo. Cuando llegue la hora de la justicia ya será tarde y los ojos, los suyos, como Argos, habrán sembrado como semillas la tierra y las nubes, la espuma en el mar y cuanto le rodea. Todo será su mirada desde entonces, sus ojos, para que todo vuelva a tener tanto sentido que no se le encuentre explicación. Las cosas que han sido contempladas una vez nunca morirán mientras vivan quienes un día se reflejaron en los ojos de quien así las miró. Y cuanto fue admirado seguirá su curso hacia la inmortalidad en la cara oculta que, como todo cuerpo celeste, posee quien amó.

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