Infiel

'Infiel' de Melanie Belmonte
‘Infiel’. Autora: Melanie Belmonte

Mis sueños son aviso

del tormento de tu ser.

De ese amor oculto

obsesivo en tu desdén.

Ése que se encuentra

bajo el manto de tu piel.

Ése que tortura

Ése. Engaño cruel.

Cuídate, amigo mío.

Cuídate, amigo infiel.

Libra a tu destino

de esa maraña, de esa hiel.

De esa pasión oscura,

de esa locura, de esa doblez.

De ese candor perverso

de esa manceba; de luzbel.


Melanie Belmonte

Copyright 2019 © Todos los Derechos Reservados.

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La Hidra

Marciales caldos de cultivo
arderán en el camino,

alzándose la Hidra
con la victoria en la guarida.


Melanie Belmonte

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MdT: Cualquier tiempo pasado fue presente

Marcos Muñoz | Periodista y Escritor
Colaborador Belmonte Arte Secc. ‘Misterios del Ministerio’

“Pero lo que ahora es claro y manifiesto es que no existen los pretéritos ni los futuros, ni se puede decir con propiedad que son tres los tiempos: pretérito, presente y futuro; sino que tal vez sería más propio decir que los tiempos son tres: presente de las cosas pasadas, presente de las cosas presentes y presente de las futuras”.

(San Agustín, Confesiones, 11.6)


La Biblioteca de la Universidad de Barcelona estaba llena de estudiantes, muchachos que buceaban en volúmenes polvorientos tratando de absorber el conocimiento que allí se consignaba, de aprenderlo de memoria y poder recitarlo ante el admirado catedrático. Para la única mujer de toda la Facultad, impresionar al viejo profesor había dejado de ser el objetivo hace tiempo: claro que Amelia Folch tampoco se hallaba hoy en aquel antiguo templo del saber para estudiar ni para preparar un examen. Lo que la había traído allí, lo que la anclaba entre todos aquellos textos, era un asunto de vida o muerte.


“El tiempo es el que es”, repetía a menudo el subsecretario Martí. Y sin embargo… sin embargo… El Ministerio del Tiempo se ocupaba de evitar que la Historia fuese alterada. ¿Era posible que eso sucediera? Ella misma había visto al “Empecinado” a punto de morir, con un disparo en el pecho, y si no hubiera sido por la rápida intervención de Julián y Diego, el siglo XIX hubiera sido muy distinto para España y tal vez para el resto de Europa. Sin Juan Martín Diez y sus 10.000 hombres dispersos por la península, la Batalla de Bailén hubiera acabado con un vencedor del signo contrario, francés, y luego…


Pero, ¿y si el tiempo no era tan frágil? ¿Y si el tiempo era perfectamente capaz de cuidarse solo, gracias? Si el tiempo era el que era, el que ya había sido, el que había llevado al momento en que decimos que el tiempo es el que es, ¿cómo podía alterarse de forma significativa? Sin embargo, tampoco eran las consideraciones de altos vuelos, filosóficas, las que le preocupaban y le hacían leer a San Agustín, Kant y Schopenhauer. Tenía una razón mucho más palpable: Amelia Folch quería saber si era la autora intelectual de un asesinato.


Porque tras pensar mucho en ello, suya era la culpa, y no en un sentido religioso. Ahora Julián andaba obsesionado con hablar con su mujer fallecida, pero había sido idea de Amelia que utilizara “el artilugio que le dio Irene” para comunicarse con ella antes de que muriera atropellada. En el XIX había muchos que jugaban o sugerían hablar con los muertos: pues bien, aquel artefacto lo permitía, o cuanto menos comunicarse con ellos antes de que hubieran muerto. Pero si el tiempo es el que es… si como afirmaba Newton el tiempo era absoluto… la irrupción en el mismo de la llamada de Julián había alterado lo que ya estaba establecido. En el momento en que hizo aquella llamada para despedirse de Maite, cambió su rutina, cambió su estado de ánimo, la entretuvo y cambió por supuesto el momento en que iba a salir de casa, y haciendo eso alteró también su relación con el mundo. Por la calle no andarían las mismas personas que dos minutos antes, ni su atención sería la misma que si no hubiera ocupado su mente con la conversación postrera con su marido. Desde luego el coche que la atropelló no estaría en el mismo lugar, no se cruzaría con él. Pero lo hizo. Lo que quería decir que fue la llamada la que condujo al atropello, y su ausencia la que la hubiera salvado. La conclusión era irrebatible: proponiendo a Julián que se despidiera de su mujer había causado los acontecimientos que llevaban a su muerte.


Amelia se tapó la boca para ahogar un grito de angustia. Se mordió el índice, llena de consternación.


Sólo le quedaba un libro por abrir, uno que había sacado sin permiso de los anaqueles del Ministerio, escrito por un tal Martin Heidegger. Miró a su alrededor para asegurarse de que nadie reparaba en su encuadernación ajena a aquellos días, pero quien la miraba se fijaba en su extraña condición de mujer, no en lo que leía. Se sumergió en el tomo durante horas, olvidando el paso de la tarde y el progresivo vacío en la biblioteca. Aquel hombre decía -dirá- que el ser humano no existe en el tiempo, sino que nosotros somos el tiempo. Que al preocuparnos o recordar el pasado, lo hacemos presente, e igualmente al planificar el futuro. Que es posible transcender nuestra relación lineal con el tiempo. Llegaba a decir que era posible, mediante nuestros pensamientos, salir en una suerte de éxtasis del tiempo lineal. El tiempo de Heidegger podía alterar, mentalmente, el tiempo de Newton.


Pero Heidegger no tenía acceso a las puertas del Ministerio. Con ellas podía ser posible llevar al plano físico la mera acción hipotética. Aún tenía que reflexionar mucho sobre ello, considerar las ramificaciones, pero Amelia había empezado a fraguar un plan: si realmente la muerte de Maite había sido culpa suya, si no tenía que ocurrir, era su deber como agente del Ministerio arreglarlo. 


Incluso si eso significaba hacer que Julián nunca ingresara en el mismo.
“Puede decirse también que son tres los tiempos: presente, pasado y futuro, como abusivamente dice la costumbre; dígase así, que yo no curo de ello, ni me opongo, ni lo reprendo; con tal que se entienda lo que se dice y no se tome por ya existente lo que está por venir ni lo que es ya pasado”.

(San Agustín, Confesiones, 11.6)

Falocracia

Occisos oprobios tiñen de sangre montañas y valles.

Entre dorsales de océanos y mares

baldones morcares domeñan letales esencias beldades.

¡Ay, hombredades! Raciocinios inmorales.

Bajo desafueros y desmanes

en conquista de igualdades, políticas y normas legales,

subyugáis plétoras féminas libertades.

Falocráticas sociedades.


Melanie Belmonte

Copyright 2019 © Todos los Derechos Reservados.

Viuda Negra

'Viuda Negra' Autora: Melanie Belmonte
‘Viuda Negra’ Autora: Melanie Belmonte

Amante de alma negra y garras de seda;

de largas patas e imponente presencia.

Engatusa y envuelve sin escrúpulos

al objeto de su deseo con armas de hiedra.

Melosa por naturaleza, bajo el reloj de arena

mantiene belleza con harta fiereza y velada maleza.

Esa es su arma.

Esa es su magia.

Y su estrategia.

Con ella seduce.

Manipula.

Y copula devorando a su presa;

títere infeliz no acostumbrado a esa estirpe de hembra.

Su embrujo le hará cautivo de adulterado amor

bajo la inconsciencia de un escandaloso error.

Error de alto precio y harto dolor

en el ocaso de su corazón.


Melanie Belmonte

Copyright 2019 © Todos los Derechos Reservados.

Miedo

'Miedo' Autora: Melanie Belmonte

Acarician como espinas la memoria de mi piel

abisales memorísticos cincelados bajo hiel.

Ruge miedo, anda, ruge fiel.

Ruge agónicos desiertos que retratan en mi ser

bosquejos y tormentos al envejecer.


Melanie Belmonte

Copyright 2019 © Todos los Derechos Reservados.

El rojo (como una de las bellas artes)

PASAJE | DE CHINITAS “Cuando se escribe en Belmonte Arte, la casa de Melanie Belmonte…” 

Iván R. Ray | Escritor Colaborador Belmonte  ••• | Arte

El amanecer es de todos, el resto del día es responsabilidad de cada cual. Sabemos que no hay universo que no quepa en la mirada de quien sabe cómo deber ser amada la persona a la que no ama, que todo cabe en quien sabe mirar, incluso para aquel que desconoce que un punto blanco en la noche del cielo es más grande, en su realidad de estrella ajena, que este sol que se deja alumbrar por la persona amada. Todo cabe en esa mirada menos el color rojo, el que hace las veces de padrastro de los primarios, y no verlo es pena tan grande como vivir Granada en esa memoria negra que es el ser ciego. El rojo es todo lo que no se ve con los ojos herméticamente abiertos de par en impar, y tanto lo es que la sangre quiso ser roja, como lo es el vientre del revés, y la lengua, como rojo es el color de cuando se muerde una fruta o un labio. Ser rojo es ser acero incandescente en la fragua y herida abierta en el alma, que rojo es la ira y el corazón como rojo es el color de una enagua del moulin rouge y la ropa del cardenal de la curia, porque Dios cree por igual en ella y en él para su magna obra de amar. Sabemos que el rojo es porque fluye, que el rojo no es real como el azul, ni envidia como el amarillo, ni verde como el vegetar. Roja es la lava de volcán y, todavía, rojo es la más fría de las más pequeñas de nuestras pasiones, como rojo es también, sin saberlo acaso, el rastro que deja una mirada, el bocado de quien nunca ha besado y la fresa en nuestra sazón. Y los tacones, claro, como rojo es el capote que besa el lomo negro antes de ser banderilleado y rojo de fuego era la espada que guardaba, y aún guarda, la puerta del Paraíso. No hay ojo capaz de comprender que él es la existencia para quien ve. El rojo es suspender en el examen de la vida para quien sabe qué debe contestarse, es el color del semáforo que prohíbe seguir, que prohíbe querer vivir, roja es la marca que deja el latigazo, el degüello y ese adiós que después se aleja por la calle contoneándose. El rojo es la medida de las cosas que no pueden ser medidas sobre el rostro de quien es medido, es el sonrojo de quien dice la primera palabra, de quien pronuncia a gritos la mirada, la proposición adversativa o la copulativa, es el rubor de verte cuando descubres que te miro, es el color de las palabras torpes que se enredan al pronunciarse unas con otras si sueño que algún día sea posible que tal vez pueda, acaso, hablarte. Roja, en fin, fluye la sangre del inocente y la del culpable, la del enamorado y la del tísico como roja es la rosa y la mancha que deja sus espinas. Como roja es la vida porque las más grandes historias de amor siempre se han escrito con carmín.

‘Damocles’ de M. Belmonte

“La poesía trágica puede considerarse poesía por antonomasia. Aunque autores como Marcial, Quevedo o Gómez de la Serna  hayan explotado exitosamente sin posibibilidades humorísticas, lo cierto es que la verdadera poesía necesita un drama que sirva de vehículo al mensaje, de modo que los lectores del texto empaticen con las emociones por él transmitidas” | Diversidad Literaria. El libro saldrá a la venta el 25 de Agosto 2019.

'DAMOCLES' formará parte de la Antología 'Tragedias Poéticas'. Autora: M. Belmonte.
‘DAMOCLES’ formará parte de la Antología ‘Tragedias Poéticas’. Autora: M. Belmonte.

A tí, que danzas

Alfonso Vinuesa ••• | Escritor. Concejal Adj. Cultura Ayto. Móstoles (Madrid)

¡Danza, vive, 
rie, sueña! 

Baila la vida, 
rompe el aire con tus manos, 
acaricia la libertad que tu cuerpo te procura, 
siente la mirada del espectador en la penumbra.
Porque tú tienes la luz 
porque tú eres teatro. 

¡Danza, siente, 
llora, baila! 

Inventa sinuosos pliegues en el espacio, 
crea aromas para el Alma 
de los que se recuerdan en la mente, 
imágenes ficticias sobre fondos del pasado. 

¡Danza, vive! 

Que la música te lleve, 
que tu arma sea tu cuerpo 
y que lo más bello de tí sea tu grandeza 
y tu credo 
un salto 
un giro 
un paso.