Calles vacías

PASAJE |DE CHINITAS “Cuando se escribe en Belmonte Arte, la casa de Melanie Belmonte…” Iván R. Ray
Escritor | Colaborador Belmonte  ••• | Arte

El entramado de calles es la huella dactilar que deja el hombre sobre cada tierra. Y es en ella, desde el corazón de cada casa, de donde subimos por sus arterias a la mañana, da igual la hora que sea, o no, de la noche, y regresamos por sus venas cada vez que amanece a plena luna del día. Las calles vacías están hechas para contar adoquines que nunca encajan del todo, y en ellas el número de cada casa es el número de un capítulo del libro que alguien protagoniza en nuestra vida al morir. En la ciudad perfecta, se diría, cada quien puede elegir el número de la casa que habita. En las calles vacías el territorio más lejano para cualquier aventurero es la casa de al lado, la última frontera es la puerta del vecino, su jardín, donde rezongan los dragones y somos nosotros quienes vivimos debajo de las camas de los demonios y sus fantasmas. Porque la casa del vecino alberga todo lo que llenan las calles que ahora están vacías.

En las calles vacías se saca a descansar al sol con correa, y se invita a la luna a brindar entrechocando biznagas. Las calles, cuando vacías, tienen el viento de proa, son el viejo obturador de réflex abierto que solo captura aceras y balcones en las que ondean las banderas de sus gentes y sus gestas tendidas a secar. Por las calles vacías las avenidas pasean atestadas de almas que pasaron simulando no ser vistas, son las calles en las que el parpadeo de la cotidianidad hace parecer que por un instante no hay nadie, lo que dura ese cerrar y abrir de ojos con la esperanza de seguir vivos al volver a no ver. Las calles vacías de cualquier ciudad son el lugar que limitan al norte con el infinito del cielo, y al otro lado el mar y el paso de vencejos y gorriones, ahí donde cabe todo lo que ansiamos. En las calles vacías nosotros somos el eco, y ella un árbol que se ha despojado de las hojas, un campo segado, una playa cuando sale el sol de mañana.

Las calles vacías de las ciudades fueron hechas por gigantes que doblaron sus esquinas con sus propias manos para que entre sus muros de sueños cupieran todos nuestros pasos y, al alba, se vistan de virgen para aquel primer hombre que la pisa a la mañana con la llave de sus ojos preñados de aquella que amó. Entonces la voz se atenúa en sus aceras, la luz se hace susurro y en los callejones las paredes se besan mientras al oído hablan de nosotros entre ellas palabras que serán lluvia algún día, y mientras llega la mañana la ciudad se peina sus calles, se aplaca las arrugas de sus aceras, se pinta de carmín sus bancos, y sus portales, y los maullidos. Una calle vacía es la capital de todos los reinos.

Entonces usted cruza la acera y desaparece, y la calle, antes vacía, vuelve a bullir atestada de viandantes. Siempre lo estuvo, pero no existían. Ni importaban.