Las mujeres que leían a David Cooperfield

Iván R. Ray Escritor | Colaborador Belmonte Arte ©

PASAJE | DE CHINITAS “Cuando se escribe en Belmonte Arte, la casa de Melanie Belmonte…”

Para esperar a los suyos las mujeres comenzaron a leer. David Copperfield, de Charles Dickens. Capítulo Primero. No mientras esperaban a los suyos, no, sino para esperar a los suyos, que no es lo mismo.

Leía ella; las demás fingían que fingían haciendo como que hacían, que de tal se trataba.

Era cuestión de vida o suerte.

Así lo vimos en Gone With The Wind , eso dijeron unos, que es Lo Que El Viento Se Llevó , respondieron otros, un relato basado en hechos tan reales que nadie se atrevió a vivirlos, como son todos los hechos que se protagonizan cuando se está enamorada.

Nadie les dijo a esas mujeres qué debían hacer porque no lo necesitaban, eran mujeres de verdad y no lo hubieran consentido; nadie les dijo dónde esconderse porque nunca lo hubieran hecho, no conocían esos caminos; nadie les dijo dónde quejarse porque no conocían ese idioma. Solo sabemos que era de noche y que esperaban a los suyos, y que esos tan suyos eran sus hombres, que ser de cada cual es cosa de mucho soñar, como todo lo que de verdad importa.

Luego ocurrió que primero llegaron los otros, uno en realidad, que era capitán y que vino solo y traidor como todos los héroes que son de verdad y de mentira a la vez.

Después lo hicieron ellos, los buenos, los ciudadanos de bien, los que ganaron la guerra antes o después, los que semientan lecciones, los buenos. Nosotros, los buenos, ya sabe…. La guerra había terminado en su ardor guerrero antes de comenzar la primera batalla.

Las mujeres cosían, creo, y escuchaban, u oían; leía a David Copperfield, las otras oían, o escuchaban, creo. La esclava vigilaba a los vencedores, que eran más y eran los buenos, y traían el poder y escondían el derecho; e iban armados.

Al final llegaron los suyos envueltos en brumas, derrotados habían vencido y alcanzado el honor, la última derrota les pertenecía; eran todos los triunfos en uno, la sangre de sus venas era negra, del negro de la pólvora y de la noche que los aguardaba. Sabían que al día siguiente no saldría el sol: no tenía necesidad de hacerlo. Habían cabalgado a lomos de sus derrotas para rendir honor a las suyas.

La vida siguió, ellos no, no les importaba la vida que venía a continuación, era la vida de otros, no la de las suyas, esas suyas que amaban a los suyos porque les arrebataron el derecho, no la justicia. Uno pertenece a la tierra en la que nacen sus padres, no él, y pertenece al derecho que juró acatar su madre, no él. A aquellos hombres, que eran tan suyos que solo les pertenecían a ellas, no les importaba morir para protegerlas. Su derecho era su amor. Y su amor era su ley. Eran idiotas. El amor los había vuelto idiotas.

Y ellas, pudiendo serlo todo, prefirieron ser de ellos. Porque quisieron. Charles Dickens contó que hubo un tiempo en el que el tiempo no importaba, puede que ni existiera. Un tiempo, David Copperfield lo sabía bien, en el que el bien se hacía, y nada más. Un tiempo que se contaba en personas a las que se había amado. Era una manera de contar el tiempo, pero también de acuñar riqueza.

David Copperfield era un buen chico. Cuando los hombres que juraron dar su vida por proteger a las mujeres a las que juraron amar se acercaban a la casa, escucharon que alguien leía las aventuras de David Copperfield. Lo que sintieron entonces solo lo saben ellos. O no.

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