Mia Farrow, púrpura en El Cairo

Iván R. Ray | Escritor

PASAJE | DE CHINITAS “Cuando se escribe en Belmonte Arte, la casa de Melanie Belmonte…”

Como el viaje más largo, todo tropiezo comienza con un primer paso. La vida es siempre camino de regreso, decía, el regalo de volver a ser abrazado. Cruzamos sus ríos a través del vado de piedras que forman las palabras con las que sorteamos el azar. Con esas palabras somos, son. Por eso no sabe uno si es cierto que, lo se dice acerca de lo que no es verdad, no siempre lo sea. Como con lo del teatro. Cecilia no lo sabía. Cecilia iba al cine, el de Kent de Woody Allen, dicen que antes era un teatro, pero ella iba al cine y no sabía que iba al cine. Cecilia no sabía que la vida es lo que ocurre mientras se alza o se baja el telón, esos momentos, segundos apenas durante los cuales todo está a medio descubrir, a medio ocultar, que es entonces cuando sabemos, al fin, qué hay al otro lado, qué nos deparará lo que no esperamos, que nos aguarda cuando olvidamos conjugar a esa persona, cuando olvidamos que todas las rosas son púrpuras sin que lo sepamos, y que lo son de El Cairo, aunque eso tampoco importe, o no importe demasiado, y que son las rosas las que crecen entre las espinas y no al revés. Sabemos que vivimos porque vemos que los demás viven, y así lo creemos, y necesitamos que así sea. Cecilia vivía en la pantalla sin saber lo que era una pantalla, sin saber cuál era el lado en el que se proyectaba la vida, sin saber quién actuaba y quién vivía, quién era lo real en la irrealidad. Cecilia era tan verdad como la luz, tal vez como el blanco y el negro también, puede que Cecilia no supiese lo que era saber, pero sabía que vivía porque vio que vivía Jeff Daniels, que estaba vivo dentro y fuera. Cecilia descubrió que no existía lo que llamamos ‘dentro’ o ‘fuera’ de la pantalla, pero sí que la pantalla era la vida y que todo lo demás es afán.

Hay películas que uno hubiera no deseado ver nunca, y así seguir soñando lo que nos resta de vida que algún día veremos esa película, y morir soñando que nunca la habremos visto. En aquel lado de la pantalla estaba la mano izquierda que desconoce qué hace la mano derecha, por eso uno tampoco sabe cómo olvidar algunas películas. Son esas cosas que no se aprenden. Uno no sabe cómo olvidarlas y por más que lo intenta nunca vuelven a aparecer. Lo intentamos, pero no. Hay películas que nacieron para intentar ser olvidadas sin conseguirlo. Uno no sabe qué tipo de películas son, ni por qué existen, pero es algo que ocurre. Es la oveja blanca de los pensamientos.

Cecilia iba al cine con la maleta de escapar. Bailaban Fred Astaire y Ginger Rogers. Cada cual escapa como quiere. Cecilia escapó con su maleta de huir. Cada cual llena su maleta como quiere. Con un sombrero de copa, por ejemplo.

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