RESEÑA. EL ASEDIO, de Arturo Pérez-Reverte.

Samuel Camacho 

COLABORADOR BELMONTE ••• | ARTE

Sección ‘Crónicas de acero, tinta y cuero’.

Poco miento al reconocer la gran influencia de algunos autores contemporáneos que, con sus historias, leyendas, personajes y entresijos más dispares, han cincelado con mimo y dulzura la que hoy es mi forma personal de narrar. Y miento menos aún si afirmo que, de entre todos ellos, Arturo Pérez-Reverte es quién veréis mejor y más fielmente reflejado, por obra y gracia de una profunda y honesta admiración, en todas las páginas que hasta aquí he escrito. 

Y como la muestra más honrada que puedo ofrecer no es más allá que un ejemplo de lo que aquí discutimos, hoy quiero presentaros una de las obras, a mi juicio y al de muchos otros tan poco cualificados como yo, tristemente enterradas entre un descomunal rosario de éxitos, ganados a pluma, tinta y sangre, de entre los que algunos olvidados merecen una especial mención por los detalles diferentes que hacen, al fin y muy al cabo, de las novelas algo distinto, dignas de guardar en un rincón cálido en nuestra memoria.

Y, sin duda, “El asedio” de Arturo Pérez-Reverte –publicada por la editorial Alfaguara en 2010- es una de estas novelas especiales que casi han caído, injusta y cruelmente, en el olvido. Ambientada en Cádiz, en 1811, describe el pulso asombroso de un mundo que pudo ser y no fue, cuando España luchaba por su independencia mientras América lo hacía por la suya, mientras la acción principal transcurre con el trasfondo muy presente del sitio al que la ciudad fue sometida por las tropas de Napoleón Bonaparte. 

Aunque no es una novela histórica al uso, los acontecimientos –narrados con un dominio del castellano propio únicamente de los más grandes de la lengua- que conformaron la Guerra de Independencia española y el asedio de Cádiz sirve como telón de fondo para contar la historia de un asesino peculiar, capaz de predecir, con la misma dosis de rigor que de demencia, el lugar exacto de los impactos de las bombas francesas sobre la ciudad y tratar así de disimular, más por los delirios de un desequilibrado que por la disciplina de un criminal profesional, los cuerpos de sus jóvenes víctimas. Un entramado de personajes oscuros, profundos y enigmáticos que se persiguen entre ellos, sin cuartel ni piedad para quien la pidiese, por callejuelas y porterías, con el silbido de los obuses gabachos que sobre sus cabezas volaban, y siempre, de por medio, con una partida de ajedrez eterna entre dos amigos condenados a soportarse.

Pero lo que convierte este relato en especial, digno de uno de los autores más exquisitos y elegantes que la literatura española nos ha dado, es el tiempo en el que la historia es narrada. Toda la acción de la novela está escrita, de forma excelsa y sobresaliente, en presente, ofreciendo al lector una experiencia distinta a lo que está dócilmente acostumbrado, ayudándole, de paso y sin respiro, a sumergirse casi en primera persona en una historia que, ocurrida más de 200 años atrás, transcurre como si los hechos estuviesen sucediendo en este mismo instante, a nuestro alrededor. 

Así que, como buen discípulo que pone en práctica, no lo que ha aprendido, sino aquello que más le ha marcado, elegí –creo que muy acertadamente, todo hay que decirlo- experimentar con esta forma narrar en mi primer ensayo dentro de la literatura. Y, a la vista el resultado y sus consecuencias, estoy convencido que no será la última vez que utilice esta técnica para escribir algunas de las próximas historias que están por venir.

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