Brotes

Iván R. Ray | Escritor 

PASAJE | DE CHINITAS “Cuando se escribe en Belmonte Arte, la casa de Melanie Belmonte…”

A veces se les llama gemas y está bien que así sea, porque son yemas, yemas y brotes, y por eso también se les puede llamar gemas si se quiere. Y uno cree que hay que querer. El invierno nos desvela su final, el final de los inviernos suele ser trepidante como el desenlace de una novela casi negra, y también ruidoso, dicen que es por el deshielo pero en realidad nunca se sabe, el final de los inviernos se lleva las huellas de la nieve, se las lleva para siempre, y los pies en los barros que nos lo llevamos nosotros para tenderlos en la azotea de las chimeneas. Cuando pisamos un charco en cada invierno que acaba nos llevamos a casa un trozo de cielo. El frío del final del invierno es voraz pero hacemos como que no nos importa, o no mucho, cree que nos asusta con su soplo y su bramido como a los niños, pero ya no nos importa, ulula pero no nos atemoriza tanto porque las otras personas huelen a primavera y los caminos huelen a nuevos, caminos recién colocados, los caminos nuevos huelen a polen recién pintado, caminos que están por secar, y el cielo tiene el color del acero recién forjado. Y las aves al cielo vuelven a ser las equis de todas las incógnitas.

Se le puede llamar gemas, le decía, y está bien que así sea. La leña vuelve a ser árbol y su desnudez de antes se adivina ahora como silueta; cuando el invierno se sabe su propio fin, los árboles sin hojas sienten su pudor, recuerdan su vergüenza, se saben sin ropa y se cubren de escarcha (para disimular). Los árboles desnudos del final del invierno bailan para la gente de los pueblos, bailan de día y beben de noche, beben vino caliente mientras escuchan crujir la helada, que siempre suena aquí mismo, tan lejos. Los árboles se hacen damas cuando el invierno acaba y los sembradores se hacen hombres que los cortejan.

Se les llama gema a los brotes de los árboles y puede que lo sean, las ramas de hueso muestran sus anillos, que son esas gemas; los últimos vientos se llevan las hojas en que se escribieron los epílogos y ahora, en cada gema, tan pequeña que cabe toda la Creación en ella, trae el milagro de cada primavera que se acerca, que trae sus pasos mullidos y embarrados; cada gema alberga toda la creación, la gema de cada árbol nos trae a la luz todas las hojas y la flor, y con la flore el fruto y con el fruto, en fin, otro árbol y la vida prometida. Cada brote es toda la humanidad allí contenida, es todos los niños y también las risa, claro, cada brote, es todo los amaneceres y todas las islas. 

Se les llama gema, así debe ser. En cada una están todos los colores, y todos los nidos. Se les llama gema, pero también promesas. Cada una la suya.

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