CRÓNICA: Martes con mi viejo profesor de Mitch Albon.

La vida en ocasiones transita a medio camino entre pasado y presente, tropezando con momentos que evocan en nuestra memoria recuerdos casi olvidados, provocando encuentros únicos que nos hacen saborear la esencia de quienes algún día fuimos.

Pero lo más triste de estos encuentros es la incapacidad propia para paladearlos como es debido. Para sentir de cerca la calidez que provoca una emoción en el centro mismo del alma, dónde la vida tiene un respiro y el corazón un motivo.

Aquel buenas tardes sonó vibrado en mi garganta y la gélida brisa de enero arrastró las palabras un poco más lejos de lo debido. Ramón desvió suavemente la vista del escaparate y la posó, como con descuido, en mis ojos, que titilaban a medio camino entre el frio y la emoción.

Y allí le encontré, más de veinte años después, con el pelo rubio menos boscoso de lo que recordaba y con alguna arruga de más sobre sus ensombrecidas mejillas. La suave sonrisa que se dibujó al final de su pequeña boca fue muestra suficiente de que me había reconocido. 

Cómo es la mente humana, ¿verdad?. Tres décadas, mil historias cargadas y un millón de obstáculos salvados después, y basta un cruce de miradas para que el tiempo se congele un segundo y pueda volver por un instante al colegio, a aquellas clases de literatura que sentaron las bases del amor por los libros que hoy en día logra que pueda sentarme y llenar mi mundo de páginas, personajes e historias.  

Y en cierto modo, el libro que hoy presentamos tiene ese olor, esa textura, a pasado y presente, a recuerdos olvidados y momentos perdidos. 

Entre las páginas de “Martes con mi viejo profesor” –publicado por la editorial Maeva en 2005- el autor, Mitch Albon, nos ofrece una lección de vida como pocas antes nos hemos podido encontrar. Dura, real, intensa y en ocasiones demasiado triste, la historia se cuenta en primera persona, en la que durante los encuentros semanales del escritor con su viejo profesor, ambos nos regala sabias y sencillas lecciones sobre el amor, la muerte, el dinero, el perdón o el adiós.

Foto: Samuel Camacho

Es muy triste pensar que sólo la certeza de la proximidad de la propia muerte pueda despertar, en nosotros mismos y en los que a nuestro alrededor pueblan nuestros días, los instintos más leales, nobles e intensos que, sólo al final, parecen dar sentido a una  vida que hasta ese momento no ha sido más que la suma de tropiezos, aciertos, fracasos, y horas vividas sin razón ni dirección. 

He de reconocer que nunca me han gustado demasiado los libros de autoayuda –montones de páginas escritas por vendehumos vestidos con pantalones de pinza y americanas de Zara sin nada nuevo que enseñar más allá de lo leído o escuchado en una parada de metro olvidada- pero debo reconocer, una vez más y ya son unas cuantas, que todos nos equivocamos, que debemos abrir un poco más nuestros horizontes, personales, profesionales, familiares, para aceptar enseñanzas como las que hoy trata de transmitirnos autores como éste, que juegan con nuestra percepción de la vida y la muerte, y coquetean con las sensaciones más duras, pero entrañables, que son capaces de arañarnos, con desazón, el alma desde dentro.

En ocasiones la vida nos atropella, nos pasa por encima sin darnos cuenta y nos oculta el mundo que a nuestro alrededor tiene lecciones infinitas que contarnos, clases maestras impartidas tras cada esquina que debemos saborear, degustar con tranquilidad y sosiego, porque llegará un día en el que nos enfrentemos al reflejo de un espejo que nos ofrecerá una versión de nosotros mismos que ya no nos guste, porque en ese instante nos daremos cuenta que todo ha pasado demasiado rápido y que la vida se termina sin haber dado sentido ni a uno solo de nuestros días.

Y en cierto modo, esta es una de las enseñanzas que trata de mostrarnos esta historia –una de muchas, todo hay que decirlo, entre las que podemos elegir la que mejor se ajuste a nuestras necesidades o a nuestros pecados- impartida con maestría por un viejo profesor, enferme de ELA, que es más consciente de todo lo que a su alrededor sucede ahora que la muerte le espera, próxima, y cuyas ansias por saborear cada uno de los instantes que le quedan hacen que las charlas de los martes sean algo más que una visita de cortesía. 

En esos momentos, Mitch –protagonista secundario de su propia historia- ha dejado de lado una vida que muy pronto le ha concedido todos los éxitos que alguien como él buscaba, para acompañar a su viejo profesor en un viaje a través de la vida, el pasado y la muerte, y aprender una asignatura obligatoria que todos a estas alturas hemos suspendido.

Y después de aprender una enseñanza así, a sangre, dolor y lágrimas, nos gustaría poder conocer a la persona que fuimos antes de todo ésto y hablarle de cómo es en realidad la vida, qué errores debe evitar y a qué debe prestar atención. Pero sobre todo, debe servirnos para reecontrarnos con ese yo que tan hondo hemos enterrado y volver a retomar la relación con él, con nosotros mismos, con nuestro verdadero ser, que un día se fue, pero que aún está a tiempo de volver.

Gracias entrenador, ha sido todo un placer. 

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