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“Tempus fugit”; y nosotros, con él.

LA OPINIóN |NDISCRETA 
Melanie Belmonte
 

Melanie Belmonte | LA OPINIóN |NDISCRETA

La progresiva y voraz deshumanización de la actual sociedad idiocrática, conforma buena parte de la distopía que nos rodea. Fagocitándose a sí mismo el súper estulto depredador de la naturaleza, allana el camino de su autodestrucción. Y es que, como ya afirmaron Plauto -comediógrafo latino (254 A.C. -184 A.C.)- y Hobbes -filósofo inglés 1588-1679, autor de Leviatán-: El hombre es un lobo para el hombre.
Abocada a la que sería inusitada estupidez ilustrada en otras especies, la nuestra acomete el transvase de la despojada humanización, -estructurada, mediatizada y somatizada- en monstruosa animalización sin referencia alguna a figura retórica literaria. Y nos transporta a una realidad paralela; ciega, de irrefutable veracidad y precaria y mermada idiosincrasia que socava un lacónico futuro absento de sensibilidad. Vivimos en la edad del kali yuga; envilecida, corrupta y degradada.
Subanimalizados, somos presa fresca de mandatarios de la más ínfima y bajuna estirpe, ávidos de una enviciada y marketinizada ansia de lábil supremacía solo apta para pusilámines añojos, que dejan constancia -centuria  a  centuria- de las más feroces y truculentas aberraciones; mientras los humanimales manifiestan genuina afección por sus semejantes y sus abyectos predadores.
Tempus fugit” -Geórgicas del poeta latino Virgilio (70 a.C. – 19 a.C.)-; y nosotros, con él.
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Tren a Varýkino

 

PASAJE |DE CHINITAS 
“Cuando se escribe en Belmonte Arte, la casa de Melanie Belmonte…”
Iván R. Ray
Escritor | Colaborador Belmonte Arte ©

 

 

Al cielo se va en tren, “…el pasillo de un tren/ de madrugada…” que cantaba el poeta aquel. En ellos el revisor es cómplice del maquinista porque hace años que la línea no funciona, fue suspendida por la gubernamentalidad y hoy es solo una cicatriz en el paisaje. Pero los viajeros se deben a sus trenes, los que trajeron el progreso que, tras dejarse admirar, volvieron a marcharse. El revisor, uniformado como cuando lo de Cuba, no se atreve a decirle a esos viajeros que el tren ya no lleva a ninguna parte, que ese trayecto ya no existe. Y el andén es a la hora en punto el embarcadero de la laguna Estigia, suben ordenados según la liturgia de unos siglos pasados que el maquinista contempla melancólico ante su destino.
El revisor rompió la orden de la gubernamentalidad que anunciaba la supresión de la línea que unía aquel lugar con un rincón cualquiera del universo, no tuvo arrestos para decirle a sus vecinos que el tren ya no era más tren, ni valor para dejar de lucir su uniforme azul destino con banderín rojo bajo el brazo. Desde aquel día los viajeros se agolpan y esperan, pacientes y ordenados.
Una voz rancia anuncia por megafonía:

 

-Tren procedente de Varýkino con destino a Marsella…
Son las cinco de la tarde y llueve mucho aunque sea París. Tanto que la tinta de las cartas se corre bajo la lluvia.
 
Nunca hubo un viaje más largo que aquel a Marsella, primera parada. Allí bajaron algunos y nadie subió en su huida. Cuando partió se llevaron aquella línea de tren y en otras mil estaciones miles de viajeros aguardan pacientes sosteniendo maletas de cartón a que otro tren resople. El maquinista los observa y llora porque ya es demasiado mayor para saber lo que hace.
Luego vino todo lo demás, las botas y los desfiles, y la línea de tren que esperamos algunos con origen en Varýkino, a ese otro lado de los Urales donde habitan los recuerdos que vencieron a la muerte.
El revisor les hace subir, luego ordena los vagones por clases según las esperanzas con las que esperan llegar al final del trayecto, revisa el equipaje de sus ojos y comprueba los billetes que él mismo ha elaborado en alguna vieja imprenta. No se atreve a confesarles que ese tren les lleva al cielo, que ese trayecto en la tierra no existe, que los paisajes que verán por las ventanillas son sus recuerdos y que las personas a las que despedirán moviendo la mano son ellos mismos. Llueve, siempre llueve cuando la naturaleza, la propia vida, no sabe qué decir y disimula.
 
Los viajeros se sientan como lo hacen los dados al caer después de agitar el cubilete, siguiendo ese orden preciso que les asigna el azar. Todo está dispuesto y el revisor llora de nuevo. Aquel tren a Marsella es hoy el viaje de tantos que trataron de llegar a Verýkino, los pasajeros se miran y sonríen. Último aviso. No, no puede decirles que ese tren, ese viaje a sus anhelos no existe salvo en sus corazones abiertos. A un lado de la ventanilla están quienes los despiden, al otro los olivos y el Sena y las cumbres con su nieve.
Morir es ese momento en el que el tren se pone en marcha, ese instante, ese parpadeo de cuando tenemos la vista fija en un objeto y sentimos que se mueve, es un ángel que nos toca el hombro y el momento indescriptible de arrancar nuestro cuerpo pesado y pobre de las garras de las leyes de la gravedad. El tren muerto revive y esa cremallera que es la vía se abre ante nosotros ofreciéndonos cuanto escondía. 

 

De origen, desconocido.

LA OPINIóN |NDISCRETA 
Melanie Belmonte
 
Melanie Belmonte | LA OPINIóN |NDISCRETA
1982; sábado estival. 3:30 de la madrugada. Tengo 7 años. Estoy en casa, en mi habitación, solo. Siento frío; cuerpo intranquilo, y mente alterada. Percepciones que no fallan. Se acerca el momento. Me asomo a la ventana, -quinto piso, edificio antiguo-, y no puedo apartar la vista del firmamento; de la fuerza y el poder del plenilunio. Da comienzo el baile. Ahí están. Han vuelto. Ojiplático, disfruto del avistamiento. Majestuosidad tecnológica y visual de la que, una noche más, hacen gala. Danzan en el aire retratando figuras antes nunca vislumbradas. Abrumado y transido, dictan que debo dejarlo plasmado. Lápiz y papel; empiezo a ilustrar. Pero mi cuerpo se estremece. Oigo ruidos. Baldosas con más de 25 años de antigüedad castañetean levemente al pisarlas. Imposible a estas horas; nadie desvelado. Y me estremezco, tiemblo. Los sentidos me transportan a quiméricos mundos en los que mi corazón se sobresalta y mi mente se horroriza. Oculto y agazapado bajo las sábanas, un sudor frío recorre mi cuerpo; entro en shock. Los siento muy cerca de mí. Hay más de uno…
Abro los ojos; estoy con ellos. Nos dirigimos a la falda de una montaña. Otro continente; sí, pero no soy capaz de discernir el punto exacto en el que nos encontramos. La zona en declive se abre ante mí; su garganta interna me devora hasta el mismo centro de la Tierra. Y ahí están. ¿Elfología? No lo sé. Exultantes entidades diminutas, telepáticas, voladoras, con sus propias leyes y sistema de vida, bien conocedoras de la humanidad, -sin reciprocidad conocida-, nos protegen, nos ayudan. Como invitado me agasajan, y me instruyen. Todo un mundo de insólita y desconocida sabiduría resplandece. No estamos solos; no. Y no solo ahí fuera. Por desgracia, a estas alturas, solo exiguos detalles soy capaz de ofrecer. El paso de los años ha borrado la huella de aquellos recuerdos en el consciente; quizá, la hipnosis sería de gran ayuda. De pronto, despierto. Estoy en casa; en mi cama. Y víctima de insólito sueño, zozobra y fascinación han concebido inusitada aleación. Siento leve picazón. En el lado izquierdo de mi abdomen observo una extraña cicatriz. Veinte años después, y tras biopsia realizada, sería catalogada de ‘origen desconocido‘.

Texto: M. Belmonte
#cienciaficción