“Tempus fugit”; y nosotros, con él.

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La progresiva y voraz deshumanización de la actual sociedad idiocrática, conforma buena parte de la distopía que nos rodea. Fagocitándose a sí mismo el súper estulto depredador de la naturaleza, allana el camino de su autodestrucción. Y es que, como ya afirmaron Plauto -comediógrafo latino (254 A.C. -184 A.C.)- y Hobbes -filósofo inglés 1588-1679, autor de Leviatán-: El hombre es un lobo para el hombre.
Abocada a la que sería inusitada estupidez ilustrada en otras especies, la nuestra acomete el transvase de la despojada humanización, -estructurada, mediatizada y somatizada- en monstruosa animalización sin referencia alguna a figura retórica literaria. Y nos transporta a una realidad paralela; ciega, de irrefutable veracidad y precaria y mermada idiosincrasia que socava un lacónico futuro absento de sensibilidad. Vivimos en la edad del kali yuga; envilecida, corrupta y degradada.
Subanimalizados, somos presa fresca de mandatarios de la más ínfima y bajuna estirpe, ávidos de una enviciada y marketinizada ansia de lábil supremacía solo apta para pusilámines añojos, que dejan constancia -centuria  a  centuria- de las más feroces y truculentas aberraciones; mientras los humanimales manifiestan genuina afección por sus semejantes y sus abyectos predadores.
Tempus fugit” -Geórgicas del poeta latino Virgilio (70 a.C. – 19 a.C.)-; y nosotros, con él.
Fdo. M. Belmonte
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De origen, desconocido.

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1982; sábado estival. 3:30 de la madrugada. Tengo 7 años. Estoy en casa, en mi habitación, solo. Siento frío; cuerpo intranquilo, y mente alterada. Percepciones que no fallan. Se acerca el momento. Me asomo a la ventana, -quinto piso, edificio antiguo-, y no puedo apartar la vista del firmamento; de la fuerza y el poder del plenilunio. Da comienzo el baile. Ahí están. Han vuelto. Ojiplático, disfruto del avistamiento. Majestuosidad tecnológica y visual de la que, una noche más, hacen gala. Danzan en el aire retratando figuras antes nunca vislumbradas. Abrumado y transido, dictan que debo dejarlo plasmado. Lápiz y papel; empiezo a ilustrar. Pero mi cuerpo se estremece. Oigo ruidos. Baldosas con más de 25 años de antigüedad castañetean levemente al pisarlas. Imposible a estas horas; nadie desvelado. Y me estremezco, tiemblo. Los sentidos me transportan a quiméricos mundos en los que mi corazón se sobresalta y mi mente se horroriza. Oculto y agazapado bajo las sábanas, un sudor frío recorre mi cuerpo; entro en shock. Los siento muy cerca de mí. Hay más de uno…
Abro los ojos; estoy con ellos. Nos dirigimos a la falda de una montaña. Otro continente; sí, pero no soy capaz de discernir el punto exacto en el que nos encontramos. La zona en declive se abre ante mí; su garganta interna me devora hasta el mismo centro de la Tierra. Y ahí están. ¿Elfología? No lo sé. Exultantes entidades diminutas, telepáticas, voladoras, con sus propias leyes y sistema de vida, bien conocedoras de la humanidad, -sin reciprocidad conocida-, nos protegen, nos ayudan. Como invitado me agasajan, y me instruyen. Todo un mundo de insólita y desconocida sabiduría resplandece. No estamos solos; no. Y no solo ahí fuera. Por desgracia, a estas alturas, solo exiguos detalles soy capaz de ofrecer. El paso de los años ha borrado la huella de aquellos recuerdos en el consciente; quizá, la hipnosis sería de gran ayuda. De pronto, despierto. Estoy en casa; en mi cama. Y víctima de insólito sueño, zozobra y fascinación han concebido inusitada aleación. Siento leve picazón. En el lado izquierdo de mi abdomen observo una extraña cicatriz. Veinte años después, y tras biopsia realizada, sería catalogada de ‘origen desconocido‘.

Texto: M. Belmonte
#cienciaficción

Reflexión | Lenguaje políticamente correcto

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Melanie Belmonte
 
Melanie Belmonte | LA OPINIóN |NDISCRETA
Un incrustado y ancestral lacerante estigma fundamentado en la supremacía del género masculino frente al femenino, -durante siglos subyugado por una cultura occidental basada en fundamentos machistas-, ha suscitado con fuerza la aparición en nuestros días del uso de un lenguaje contemporáneo denominado ‘políticamente correcto’. Pero políticamente correcto, ¿para quién?. Y ¿por qué?. Tras el eufemismo de una posverdad establecida, que traslada al lenguaje el objetivo de generar y forjar opinión pública, se apela a emociones y creencias de un colectivo oprimido histórica y socialmente, que ve en la modificación de la lengua, la solución a un problema de mentalidad y sensibilidad discriminatoria social. ¿Realmente hay que cambiar las palabras, o hay que cambiar la realidad para conseguir una mejora?. ¿Hace falta posicionarse bajo enfrentadas perspectivas que discrepan, por un lado, entre la necesidad de eliminar cualquier atisbo de discriminación que propicie el lenguaje, y por otro, el sostenimiento a ultranza de que esa realidad es la que cambia las palabras?. Ambos puntos de vista luchan por un mismo objetivo; no obstante, partiendo de que la lengua no discrimina, llegamos a la conclusión de que la lucha de un hecho primordialmente social, acaba siendo extrapolado al lenguaje, hasta el punto de contradecir las normas gramaticales para dar visibilidad a la figura de la mujer. ¿Hallará solución la raíz del problema mediante la implementación de un lenguaje inclusivo con el que evitar -según los defensores de su utilidad-, la discriminación de la que somos objeto?. Rozar la cursilería mediante eufemismos, alcanzar acusados niveles caricaturescos a través del abuso del desdoblamiento de géneros gramaticales -miembros; miembras- y contradecir las normas de la lengua, no parece ser la vía más apropiada para dar solución a un problema. ¿O sí? ¿Somos las mujeres discriminadas porque el género de las palabras coincida con el masculino?. ‘Los padres’, engloba a padres y madres; ‘los niños’, engloba a niños y niñas. ¿Son también discriminados los hombres ante palabras con artículo femenino? ‘Las personas’‘la gente’, engloban ambos géneros. ¿Acaso este aspecto lingüístico fomenta la discriminación entre hombres y mujeres?. Cada uno que saque sus propias conclusiones. Pero, si el uso de la terminología gramatical establecida, permite un tratamiento genérico inclusivo -y por lo tanto, no es exclusivo-, así como la especificidad, que incluye la intervención del idioma en los casos que se consideren pertinentes, ¿no se estarán tomados medidas desproporcionalmente anacrónicas?. Pensemos, ergo obremos.

Ocaso | Adaptation I

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Melanie Belmonte
Tras una oscuridad opresiva, escalofriante e inquietante se esconde el último aliento de un óbito inminente.
Tras una intrínseca incipiente desolación, irrumpe, subyuga, y con enjundia -usurpando corazón, alma y mente-, evanescente llama en extinción. Desencadenada desazón. Sufrimiento y desgracia evocan crónicas hirientes, soeces, baladíes, con el fin único de vapulear a un ser herido, irascible y maltrecho. Y ante encubierta y desnutrida esencia, asoma recóndito arrepentimiento.
No alimentemos crispaciones; no. No demos vida a la iniquidad; no. No demos pábulo a la ignominia; no.
Rechacemos la vileza que se esconde tras mezquinas y tortuosas acciones imprudentes, inconscientes, pero hirientes. ¡Basta ya!. No fomentemos esperpentos adalides del abatimiento ajeno.
No hay peor zafio que aquel que va despreciando desde sus altares; altares de humo donde el abismo le espera hasta el olvido. No hay peor abyecto que aquel que va aleccionando, adoctrinando e ilustrando. Y con enjundia. Y con astucia; mientras esbirros y secuaces beben del fatuo soma de su paladín, codiciando el cáliz de la aquiescencia de su salvador. Salvador de egos infravalorados, mediocres, anómalos; menester sin ne qua non del maestro de la deyección más absoluta. Autocracia encubierta. Tiranía del magnánimo pernicioso. No hay peor designio que el del cicerone de masas pusilámines, medrosas y achantadas. Pues el día que brote su bizarro émulo, albas de gloria periclitarán y el ocaso, llegará; sin mesura, sin prudencia, y con licencia.