MdT: Tempus Fugit (I)

Marcos Muñoz | Periodista y Escritor
Colaborador Belmonte Arte Secc. ‘Misterios del Ministerio’

No estaba en absoluto convencida, y así se lo dijo mientras entraban en el despacho.
   – Sigo pensando -incidió Amelia- que el dilema del siciliano no tiene ningún valor lógico. Es una mera cuestión de azar.   – ¿De qué hablaban? -se interesó el subsecretario.   Julián carraspeó.   – La… ehem, “La Princesa Prometida”. Les estaba poniendo al día, culturalmente, y… uh, la vimos en la biblioteca. La tienen ustedes aquí -se escudó el enfermero.   – Un hombre de honor, ese Íñigo Montoya -declaró escuétamente Alonso de Entrerríos.   – Seguro. Les he llamado para encargarles su siguiente misión. Valencia, 1885.
   La señorita Folch creyó palidecer al escuchar la fecha, pero intentó que no se le notara.   – Eso son cinco años después del mío -afirmó con interés Amelia.   – El investigador Jaume Ferran ha desarrollado un tratamiento revolucionario contra la enfermedad azul…
   – El cólera -puso mala cara Julián al recordar el “apodo” que le daban a aquel mal sus compañeros que habían estado en África.
   – En efecto -concedió el subsecretario, poco acostumbrado a que Julián acertara las referencias más oscuras que a veces lanzaba-. Sabemos que Ferran encontró bastantes reticencias para inocular a la población, pero por lo que nos ha dicho nuestro hombre en el Ayuntamiento de Valencia, Alcira se niega en redondo a probar el remedio. Irá usted en solitario, señorita Folch, para conseguir que las pruebas sigan adelante: como ha dicho usted, es su época y debería desenvolverse perfectamente.   – ¿Es una enfermedad grave, esa “cólera”? -inquirió Alonso.   – Cierto, usted no la conoce: no llegó a Europa hasta 1827. Muy grave: a finales del XIX hubo unos cuantes brotes virulentos en este país. Diarreas, fiebres… con el tiempo, la muerte. El trabajo del Doctor Ferran fue clave para poder erradicar la enfermedad, no sólo en España. Miles de personas que se salvaron podrían morir a causa de esta reticencia, y eso sería catastrófico para los años que seguirían. Cuando ingresaron en el Ministerio todos ustedes fueron tratados para que no puedan contagiar a nadie de las posibles enfermedades que lleven desde el siglo XXI a los anteriores, y viceversa. Están ustedes protegidos.   – Pero ella sola… -dudó Alonso.   – Es necesario: a ustedes dos les necesito en otra parte… y en otro momento. León, 1476: ya han cumplido suficientes misiones como para poder afrontar una de reclutamiento.   – ¿Y a quién tenemos que reclutar en 1476? -preguntó Julián-. Eso es antes que se fundara el Ministerio.   – Correcto, y por eso nuestra infraestructura allí es más delicada. Deben tratar de reclutar al Caballero Oliveros, una personalidad incomparable que puede ser un gran agente para nosotros. El Ministerio de 1750 ya intentó aproximarse a Oliveros, pero aquello salió mal, nuestros agentes fueron descubiertos por las tropas en conflicto y hubo que clausurar la Puerta. Hasta ahora no hemos vuelto a tener otra en posición, y el tiempo para utilizarla se nos acaba.   – ¿Por qué?   – 1476 es cuando la leyenda dice que el Caballero Oliveros murió, a manos de una panda de bandidos, tras volver de la guerra con la comendación del rey y varias prebendas para su pueblo. Pero no es una fuente fiable al 100%: si conseguimos convencer a Oliveros de que se una al Ministerio podríamos usar su supuesta muerte como la perfecta vía de escape para que pase a engrosar nuestras filas. En los dossieres tienen toda la información para sus respectivas misiones, las puertas de acceso y los contactos al otro lado. Señores, señorita: buena suerte.
   Amelia y Julián salieron del despacho pensativos, hojeando las carpetas con la información, los datos y los mapas de situación. Era la primera vez que los separaban en misiones distintas, y no las tenían todas consigo. Bueno, en realidad, como siempre.
   – Estaré bien -dijo Amelia, pensando ya en cómo iba a afrontar la tarea de convencer a un pueblo de que se dejara inocular.   – Algo he oído decir de ese Caballero Oliveros, en mi tiempo -dijo con orgullo Alonso-. Se le sigue mentando como un ejemplo de nobleza y valor. Será un gran triunfo si lo unimos a nuestra causa.Julián leyó algo que le hizo aflorar una sonrisa divertida en los labios. ¡Qué gracioso el subsecretario!:   – No sé yo si te vas a llevar muy bien con él.   – ¿Y por qué no?   – Porque el tal Caballero Oliveros en realidad se llama Juana.


* * * * * * * * * *


   Por una vez, Amelia Folch pensaba que no tendría que cambiarse de ropa, pero le volvió a tocar vestirse de monja, algo que no le gustaba especialmente. Emergió en un despacho pequeño, donde la esperaba un hombre menudo con bigote pequeño y recurvado.
   – ¿Señorita Folch? Soy Vicenç Soler, agregado del Ministerio y vicesecretario del alcalde de Valencia, don Josep Maria Ruiz de Lihory. Él no está al tanto del Ministerio, como tampoco el Doctor Ferran. A todos los efectos usted será una enviada de las Franciscanas con experiencia en misiones en África. Esperemos que con Dios de nuestra parte los alcireños se dejen vacunar, porque si no lo vamos a pasar mal…
   – ¿Hay muchos casos?
   – Es una epidemia, señorita -Soler parecía realmente acongojado y se aflojaba a menudo el nudo del corbatín, como si sintiera una aprensión natural por el aire mismo que le rodeaba, como si el cólera fuera contagiable por el mero hecho de pensar en él-. Le presentaré al Doctor.

   Salieron por otra puerta y atravesaron un largo y tortuoso pasillo hasta llegar a una salita que recorría una y otra vez de parte a parte un hombre de unos 35 años, que más que esperar, desesperaba. Lucía barba y bigote, como era costumbre, y una incipiente calvicie que llegaba demasiado pronto. Sujetaba con fuerza el asa de un abombado maletín de médico. Cuando prestaba atención a algo, entornaba la mirada, y así es como recibió a Amelia.
   – ¿Y usted quién es?
   Vicenç Soler estuvo a punto de hacer las presentaciones, pero ella se le adelantó.
   – Doctor Ferran, está es…
   – Hermana Folch, un placer. Leí su Memoria sobre el parasitismo bacteriano del año pasado, me parece que es usted la autoridad que la situación requiere.
   La expresión del Doctor cambió, sorprendido por la reacción de la joven monja. Amelia suponía lo que pasaba por su cabeza: un hombre de ciencia al que obligaban a viajar con una religiosa y que ya había empezado a temer que le reprocharía su acercamiento racional a los males del diablo. En favor del científico hay que decir que se rehizo pronto, y le respondió con una breve inclinación.
   – Esto que pasa ahora en Valencia ha pasado antes en Europa, y en la India es un mal endémico.Yo lo vi en Marsella, hace un año, y allí el cólera fue devastador. Coincido con Herr Koch que el transmisor de la enfermedad es una bacteria, y creo que he aislado el bacilo y reducido su fortaleza -palmeó el maletín-. Si lo inyectamos a personas sanas las inmunizaremos, no podrán enfermar de verdad.
   A la propia Amelia le había parecido imposible aquello cuando les pusieron las… ¿vacunas? en el Ministerio. Pero parecía que funcionaba correctamente. El Doctor Ferran era un pionero en aquella técnica, y si conseguía su propósito iba a salvar a decenas, y tras ellos cientos y miles de personas.
   – Confío plenamente en usted, Doctor -dijo con una firmeza rayana a la devoción-. En África hemos visto casos de niños, mujeres y ancianos que se consumen.
   – ¿Qué enfermedades han tratado en su misión, concretamente?
   Detectando que era el momento para ello, Vicenç Soler intervino:
   – ¿Quieren hablar con el alcalde?
   – No será de ninguna utilidad. Sólo perderíamos el tiempo con el intercambio de telegramas.
   – ¿Entonces?
   – Vayamos directamente a Alcira: es la población ideal para empezar a probar la vacuna. Cuando lleguemos allí ya convenceremos a la gente o a las autoridades directamente.
   Sin estar muy seguro de lo que hacía, Soler les condujo por el laberinto de pasillos hasta la entrada principal del Ayuntamiento. Ante la puerta esperaban dos diligencias y el funcionario se fue a hablar con el conductor de la primera. Desde las escaleras, Amelia y Ferran no alcanzaban a escuchar lo que se decían, pero sí vieron que Soler gesticulaba cada vez más, y se iba enrojeciendo conforme la discusión avanzaba. Finalmente, regresó con ellos, resoplando:
   – Podrán llegar hasta Alcira. Ésta se dirigía a Barcelona pero la he requisado. Como están las cosas, sin permiso no podría salir, igualmente. Aún -dudó- aún está ocupada. Un caballero llegado desde Madrid, alguna clase de diplomático por lo que he podido inquirir -la realidad de lo que acababa de hacer se iba abriendo paso progresivamente en su panorama personal, y otra vez empezó a sentir aquella opresión que le forzaba a aflojarse el cuello-. Tengan, el salvoconducto -Amelia se adelantó a recogerlo pero se detuvo y cambió el gesto para ofrecerselo al Doctor-. Sin esto no les dejarían circular y les harían darse la vuelta en el primer control. Tengan suerte.

   Subieron a la diligencia, y partieron enseguida hacia el sur. El distinguido caballero que llevaba como único pasajero original (chaqué, levita, sombrero de copa… no le faltaba detalle) llevaba los brazos cruzados sobre el pecho, mostrando su enfado por semejante atropello, y tardó un poco en abrir boca. Aproximadamente hasta que se dio cuenta del maletín que llevaba el Doctor.
   – ¿Médico? -preguntó entonces-. De alguien afortunado, si le envían a un galeno y a una novicia desde el mismísimo ayuntamiento. Suerte tienen algunos de estar tan bien situados.
   – Mi deber no es curar sólo a uno, señor mío, sino a muchos. Si se dejan.
   – ¿No quieren curarse?
   – No saben que quieren. Doctor Jaume Ferran y Clua.
   – Enrique Gaspar y Rimbau, he sido cónsul en China, pero ya me he cansado de aquellos pagos -los dos prohombres se dieron la mano con firmeza-. ¡Cochero! Vaya tan rápido como pueda: aquí hay uno de los pocos que piensa en los muchos.
   Al pasar el puente, se cruzaron con un tranvía tirado por caballos. A Amelia le molestaba que no le prestaran ninguna atención, pero si aquellos dos se llevaban bien, el viaje sería más fácil. Su mirada se perdió un instante hacia el Norte, en la dirección que estaba Barcelona, y donde ella, en aquel 1885…
   En el pescante de la diligencia, el cochero mascullaba algo en latín. No estaba nada contento con el giro que estaba tomando aquello, y lo que prometía ser un golpe fácil, de repente se complicaba con un médico y una sacerdotisa. Iba a necesitar refuerzos, para asegurar la cuestión. Se retorció con nerviosismo el anillo que llevaba en la mano derecha, donde una torre verde rodeada de nubes se recortaba contra un cielo rojo.

 (CONTINUARÁ…) 

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MdT: Cualquier tiempo pasado fue presente

Marcos Muñoz | Periodista y Escritor
Colaborador Belmonte Arte Secc. ‘Misterios del Ministerio’

“Pero lo que ahora es claro y manifiesto es que no existen los pretéritos ni los futuros, ni se puede decir con propiedad que son tres los tiempos: pretérito, presente y futuro; sino que tal vez sería más propio decir que los tiempos son tres: presente de las cosas pasadas, presente de las cosas presentes y presente de las futuras”.

(San Agustín, Confesiones, 11.6)


La Biblioteca de la Universidad de Barcelona estaba llena de estudiantes, muchachos que buceaban en volúmenes polvorientos tratando de absorber el conocimiento que allí se consignaba, de aprenderlo de memoria y poder recitarlo ante el admirado catedrático. Para la única mujer de toda la Facultad, impresionar al viejo profesor había dejado de ser el objetivo hace tiempo: claro que Amelia Folch tampoco se hallaba hoy en aquel antiguo templo del saber para estudiar ni para preparar un examen. Lo que la había traído allí, lo que la anclaba entre todos aquellos textos, era un asunto de vida o muerte.


“El tiempo es el que es”, repetía a menudo el subsecretario Martí. Y sin embargo… sin embargo… El Ministerio del Tiempo se ocupaba de evitar que la Historia fuese alterada. ¿Era posible que eso sucediera? Ella misma había visto al “Empecinado” a punto de morir, con un disparo en el pecho, y si no hubiera sido por la rápida intervención de Julián y Diego, el siglo XIX hubiera sido muy distinto para España y tal vez para el resto de Europa. Sin Juan Martín Diez y sus 10.000 hombres dispersos por la península, la Batalla de Bailén hubiera acabado con un vencedor del signo contrario, francés, y luego…


Pero, ¿y si el tiempo no era tan frágil? ¿Y si el tiempo era perfectamente capaz de cuidarse solo, gracias? Si el tiempo era el que era, el que ya había sido, el que había llevado al momento en que decimos que el tiempo es el que es, ¿cómo podía alterarse de forma significativa? Sin embargo, tampoco eran las consideraciones de altos vuelos, filosóficas, las que le preocupaban y le hacían leer a San Agustín, Kant y Schopenhauer. Tenía una razón mucho más palpable: Amelia Folch quería saber si era la autora intelectual de un asesinato.


Porque tras pensar mucho en ello, suya era la culpa, y no en un sentido religioso. Ahora Julián andaba obsesionado con hablar con su mujer fallecida, pero había sido idea de Amelia que utilizara “el artilugio que le dio Irene” para comunicarse con ella antes de que muriera atropellada. En el XIX había muchos que jugaban o sugerían hablar con los muertos: pues bien, aquel artefacto lo permitía, o cuanto menos comunicarse con ellos antes de que hubieran muerto. Pero si el tiempo es el que es… si como afirmaba Newton el tiempo era absoluto… la irrupción en el mismo de la llamada de Julián había alterado lo que ya estaba establecido. En el momento en que hizo aquella llamada para despedirse de Maite, cambió su rutina, cambió su estado de ánimo, la entretuvo y cambió por supuesto el momento en que iba a salir de casa, y haciendo eso alteró también su relación con el mundo. Por la calle no andarían las mismas personas que dos minutos antes, ni su atención sería la misma que si no hubiera ocupado su mente con la conversación postrera con su marido. Desde luego el coche que la atropelló no estaría en el mismo lugar, no se cruzaría con él. Pero lo hizo. Lo que quería decir que fue la llamada la que condujo al atropello, y su ausencia la que la hubiera salvado. La conclusión era irrebatible: proponiendo a Julián que se despidiera de su mujer había causado los acontecimientos que llevaban a su muerte.


Amelia se tapó la boca para ahogar un grito de angustia. Se mordió el índice, llena de consternación.


Sólo le quedaba un libro por abrir, uno que había sacado sin permiso de los anaqueles del Ministerio, escrito por un tal Martin Heidegger. Miró a su alrededor para asegurarse de que nadie reparaba en su encuadernación ajena a aquellos días, pero quien la miraba se fijaba en su extraña condición de mujer, no en lo que leía. Se sumergió en el tomo durante horas, olvidando el paso de la tarde y el progresivo vacío en la biblioteca. Aquel hombre decía -dirá- que el ser humano no existe en el tiempo, sino que nosotros somos el tiempo. Que al preocuparnos o recordar el pasado, lo hacemos presente, e igualmente al planificar el futuro. Que es posible transcender nuestra relación lineal con el tiempo. Llegaba a decir que era posible, mediante nuestros pensamientos, salir en una suerte de éxtasis del tiempo lineal. El tiempo de Heidegger podía alterar, mentalmente, el tiempo de Newton.


Pero Heidegger no tenía acceso a las puertas del Ministerio. Con ellas podía ser posible llevar al plano físico la mera acción hipotética. Aún tenía que reflexionar mucho sobre ello, considerar las ramificaciones, pero Amelia había empezado a fraguar un plan: si realmente la muerte de Maite había sido culpa suya, si no tenía que ocurrir, era su deber como agente del Ministerio arreglarlo. 


Incluso si eso significaba hacer que Julián nunca ingresara en el mismo.
“Puede decirse también que son tres los tiempos: presente, pasado y futuro, como abusivamente dice la costumbre; dígase así, que yo no curo de ello, ni me opongo, ni lo reprendo; con tal que se entienda lo que se dice y no se tome por ya existente lo que está por venir ni lo que es ya pasado”.

(San Agustín, Confesiones, 11.6)

MdT: A destiempo

Marcos Muñoz | Periodista y Escritor
Colaborador Belmonte Arte Secc. ‘Misterios del Ministerio’

– Un día tranquilo, don Alonso -respondió algo aburrido Marcial, el vigilante a aquellas horas de la insondable escalera de caracol-. Nadie ha salido hoy de misión ni esperamos a nadie de regreso por ninguna puerta. Supongo que, sencillamente, hay días que nadie quiere hacer Historia.- Todos los días se hace la Historia, los que nacen y los que mueren -dijo Entrerríos-. Pero a menudo estamos más ocupados sobreviviéndola que intentando cambiarla. ¡Con Dios! -se despidió, y tras entrechocar, los tacones de sus botas comenzaron a sonar a buen ritmo escalera abajo. 
El franco veterano de los Tercios intentaba pasar el máximo tiempo posible en su propia época, para recordarse que aquello era la vida real y no las rarezas que pasaban por modernidades en el Ministerio de 2015. Pero, obligado por su deber, no esperaba a que le fueran a buscar con alguna misión, y cada día atravesaba aquella puerta embrujada para dirigirse al futuro y preocuparse por el estado de las cosas. Prefería que si había una crisis le pillara preparado.
Tocaba volver a casa. Tercer sótano, cuarto, quinto de aquella espiral que cada vez se acercaba más a los salones de Satanás. ¿O era el sexto? Ya se había vuelto a descontar: se asomó a la barandilla y miró hacia arriba, tratando de calcular los pisos. Por reflejo luego miró hacia abajo (no le daba miedo mirar cara a cara a la oscuridad) y le pareció distinguir otra cabeza asomada, algunos pisos más adelante. ¿Pero no decía Marcial…?

El desconocido se apartó bruscamente de la barandilla al ser descubierto y Alonso apretó el paso para llegar a su planta cuanto antes. Podía ser un agente venido desde cualquiera de los puestos del Ministerio, pero generalmente aquéllos llamaban, si necesitaban comunicarse con 2015. Más probable era que fuese un intruso… y desde lo de los germanos, sabía que eso podía ser un peligro notable. Echó un vistazo rápido por los pasillos que iban saliéndole al paso en su descenso. Por la esquina de uno vio desaparecer una capa roja y la siguió corriendo.

Después de torcer, el pasillo moría en un callejón sin salida. El desconocido se giró, a pocos metros de Alonso. Vestía una larga capa encarnada que llegaba casi hasta el suelo, con la que se cubría todo el cuerpo; por debajo apenas se adivinaban unas botas. Portaba espada, como él, así que no debía ser de un siglo muy posterior; hombre, por tanto. Pero lo más llamativo era que aquel individuo llevaba una máscara blanca con una sonrisa bermeja perpetuamente congelada.

– ¡Alto! -exclamó Alonso-. ¿Quién sois y de dónde habéis salido?
El intruso pareció ir a decir algo, pero lo pensó mejor, siguió callado y levantó una mano, empujando la palma hacia adelante. Quería que Alonso se apartara.
– Os he hecho una pregunta muy clara, señor, y necesito una respuesta igualmente clara -desenvainó la espada-. O mejor dicho, la necesitáis vos.
El otro miró alrededor, como valorando las puertas que tenía cerca. Se encogió de hombros y, manteniendo el silencio, desenvainó también.
– Está bien -admitió Alonso-, que hable el acero -y cargó contra su adversario, tratando de desarmarlo rápidamente. Sin embargo, el desconocido se esperaba aquella táctica, se apartó con un paso corto y recibió su segunda estocada con facilidad. Era fuerte, probablemente tan fuerte como él e igualmente diestro con la espada, si no más. Bajo aquel embozo tan teatral se escondía un hombre de armas-. ¿Quién demonios sois? -volvió a preguntar.

Alonso intentó fintas, respuestas y contraataques, pero vive Dios que el otro hombre parecía conocerse todos los trucos de Pons y De la Torre, y aún podría dar clases al gran Carranza, especialmente en los movimientos más sucios que él no había aprendido en el campo de batalla sino en los callejones oscuros de Sevilla y Sicilia. Sólo conseguía bloquearle el paso hacia las puertas y la escalera, para que no pudiera huir, pero no llegaba a desarmarle ni mucho menos a herirle. De Entrerríos se alejó un par de pasos y su rival hizo otro tanto. Un breve revoloteo de la capa roja le dejó ver que aquel hombre llevaba botas sencillas, similares a las suyas, pero la izquierda estaba rasgada por la parte exterior. Aunque la visión de las mismas fue breve, le había parecido notar que iba manchada de sangre. Si el intruso estaba herido lo disimulaba bien, pero podía aprovecharse de aquello y tirarlo al suelo, si maniobraba correctamente. Volvieron a acercarse y a entrechocar sus aceros: quizás fue casualidad, quizás Alonso se había fijado demasiado abiertamente en la herida de su rival y no había sabido disimular sus intenciones, pero lo cierto es que fue el enmascarado quien apartó de un fuerte golpe su hoja y lanzó un golpe rápido contra la pierna izquierda de Entrerríos, hiriéndole y derribándolo. Para cuando Alonso volvió a recuperar la vertical, el otro ya había desaparecido por una puerta, la 333.

Rabiando, se santiguó y le siguió, preparado para aparecer en cualquier lugar y momento. Pero ciertamente no estaba preparado para aparecer de nuevo en otro pasillo lleno de puertas del Ministerio.
– ¿Pero esto qué es? -dijo con una mezcla de sorpresa e indignación.
Las misteriosas puertas del Ministerio llevaban al pasado a lugares cercanos o lejanos de la geografía española. Los había incluso situados en lugares extraños. Pero nunca había encontrado una puerta que llevara al propio Ministerio. ¿En qué época debía estar? ¿Era esto lo que quería aquel intruso, robar los secretos de un Ministerio anterior, cuando la seguridad estaba más relajada?

Salió corriendo hacia la escalera, ignorando el dolor de la herida, cerca del talón, y se detuvo. Su corazón latía rápidamente pero juraría que no se oían pasos. No: había silencio. Se dio la vuelta. Ahora reconoció el pasillo al que llevaba la puerta 333: era el mismo que tenía la entrada a su propio tiempo, la que utilizaba cada día para volver al Madrid de su tiempo. El intruso debía haberse colado por alguna de ellas, ¿pero cuál? Echó un vistazo rápido en orden: un almacén lleno de trastos. Su calle, vacía. Una cueva con extrañas pinturas en las paredes. Una cabaña junto a la playa. Una habitación estrecha y abigarrada, con un espejo iluminado por aquella luz “eléctrica”, llena de ropa colorida, plumas y… una capa roja que conocía. Entró por aquella puerta (era un armario) y cogió la capa: bajo ella estaba la conocida máscara blanca del intruso. La cogió también y torció el gesto ante su rictus burlón. Sin embargo, allí no había nadie más.

El cuarto tenía una puerta blanca, que abrió sin dudar: el intruso debía estar fuera, muy cerca todavía. Y estaba herido, como él. En el exterior era de noche: una inmensa carpa blanca y verde se alzaba en las inmediaciones. Docenas de personas entraban lentamente en ella, conversando y riendo: familias, con profusión de niños. Alonso se encontraba en la puerta de un carromato, similar a varios aparcados cerca. Estaban pintados con dibujos coloridos de caras con grandes narices, fieras y nombres rimbombantes; podía oler la presencia de animales, y también de alimentos extraños, demasiado dulces, flotando en el ambiente. Oyó un rugido, venido de no muy lejos.

Entró de nuevo en la carreta. Había demasiada gente, necesitaría ayuda para encontrar a aquel hombre. Debía alertar a la Patrulla. Cruzó la Puerta del Tiempo y esta vez se aseguró de su numero: 96. Se disponía a volver a atravesar la 333 para regresar a 2015, cuando oyó un eco de voces lejanas. Tal vez, después de todo, el intruso sí se había quedado en esta versión anterior del Ministerio. Se acercó a la escalera de caracol para asegurarse y prestó mucha atención a lo que se oía más arriba.

Si asombrado se había quedado al cruzar una puerta y aparecer en el Ministerio, lo que oyó ahora lo dejó blanco, completamente patidifuso. Incrédulo, Alonso miró arriba y vio como el intruso, a lo lejos, empezaba a bajar la escalera. No debía verle, no ahora que… Subió renqueando una planta y se metió en el primer pasillo que encontró. Como esperaba, llevaba a un callejón sin salida. Ya escuchaba los pasos del extraño hombre, detrás suyo, acercándose. Estaría aquí en cualquier momento. No debía verle, de ningún modo. Se dio cuenta entonces de que llevaba aún en las manos la capa y la máscara del intruso.

Se las puso justo a tiempo y se giró para encarar a su perseguidor, que exclamó:
– ¡Alto! ¿Quién sois y de dónde habéis salido?