MdT: Cualquier tiempo pasado fue presente

Marcos Muñoz | Periodista y Escritor
Colaborador Belmonte Arte Secc. ‘Misterios del Ministerio’

“Pero lo que ahora es claro y manifiesto es que no existen los pretéritos ni los futuros, ni se puede decir con propiedad que son tres los tiempos: pretérito, presente y futuro; sino que tal vez sería más propio decir que los tiempos son tres: presente de las cosas pasadas, presente de las cosas presentes y presente de las futuras”.

(San Agustín, Confesiones, 11.6)


La Biblioteca de la Universidad de Barcelona estaba llena de estudiantes, muchachos que buceaban en volúmenes polvorientos tratando de absorber el conocimiento que allí se consignaba, de aprenderlo de memoria y poder recitarlo ante el admirado catedrático. Para la única mujer de toda la Facultad, impresionar al viejo profesor había dejado de ser el objetivo hace tiempo: claro que Amelia Folch tampoco se hallaba hoy en aquel antiguo templo del saber para estudiar ni para preparar un examen. Lo que la había traído allí, lo que la anclaba entre todos aquellos textos, era un asunto de vida o muerte.


“El tiempo es el que es”, repetía a menudo el subsecretario Martí. Y sin embargo… sin embargo… El Ministerio del Tiempo se ocupaba de evitar que la Historia fuese alterada. ¿Era posible que eso sucediera? Ella misma había visto al “Empecinado” a punto de morir, con un disparo en el pecho, y si no hubiera sido por la rápida intervención de Julián y Diego, el siglo XIX hubiera sido muy distinto para España y tal vez para el resto de Europa. Sin Juan Martín Diez y sus 10.000 hombres dispersos por la península, la Batalla de Bailén hubiera acabado con un vencedor del signo contrario, francés, y luego…


Pero, ¿y si el tiempo no era tan frágil? ¿Y si el tiempo era perfectamente capaz de cuidarse solo, gracias? Si el tiempo era el que era, el que ya había sido, el que había llevado al momento en que decimos que el tiempo es el que es, ¿cómo podía alterarse de forma significativa? Sin embargo, tampoco eran las consideraciones de altos vuelos, filosóficas, las que le preocupaban y le hacían leer a San Agustín, Kant y Schopenhauer. Tenía una razón mucho más palpable: Amelia Folch quería saber si era la autora intelectual de un asesinato.


Porque tras pensar mucho en ello, suya era la culpa, y no en un sentido religioso. Ahora Julián andaba obsesionado con hablar con su mujer fallecida, pero había sido idea de Amelia que utilizara “el artilugio que le dio Irene” para comunicarse con ella antes de que muriera atropellada. En el XIX había muchos que jugaban o sugerían hablar con los muertos: pues bien, aquel artefacto lo permitía, o cuanto menos comunicarse con ellos antes de que hubieran muerto. Pero si el tiempo es el que es… si como afirmaba Newton el tiempo era absoluto… la irrupción en el mismo de la llamada de Julián había alterado lo que ya estaba establecido. En el momento en que hizo aquella llamada para despedirse de Maite, cambió su rutina, cambió su estado de ánimo, la entretuvo y cambió por supuesto el momento en que iba a salir de casa, y haciendo eso alteró también su relación con el mundo. Por la calle no andarían las mismas personas que dos minutos antes, ni su atención sería la misma que si no hubiera ocupado su mente con la conversación postrera con su marido. Desde luego el coche que la atropelló no estaría en el mismo lugar, no se cruzaría con él. Pero lo hizo. Lo que quería decir que fue la llamada la que condujo al atropello, y su ausencia la que la hubiera salvado. La conclusión era irrebatible: proponiendo a Julián que se despidiera de su mujer había causado los acontecimientos que llevaban a su muerte.


Amelia se tapó la boca para ahogar un grito de angustia. Se mordió el índice, llena de consternación.


Sólo le quedaba un libro por abrir, uno que había sacado sin permiso de los anaqueles del Ministerio, escrito por un tal Martin Heidegger. Miró a su alrededor para asegurarse de que nadie reparaba en su encuadernación ajena a aquellos días, pero quien la miraba se fijaba en su extraña condición de mujer, no en lo que leía. Se sumergió en el tomo durante horas, olvidando el paso de la tarde y el progresivo vacío en la biblioteca. Aquel hombre decía -dirá- que el ser humano no existe en el tiempo, sino que nosotros somos el tiempo. Que al preocuparnos o recordar el pasado, lo hacemos presente, e igualmente al planificar el futuro. Que es posible transcender nuestra relación lineal con el tiempo. Llegaba a decir que era posible, mediante nuestros pensamientos, salir en una suerte de éxtasis del tiempo lineal. El tiempo de Heidegger podía alterar, mentalmente, el tiempo de Newton.


Pero Heidegger no tenía acceso a las puertas del Ministerio. Con ellas podía ser posible llevar al plano físico la mera acción hipotética. Aún tenía que reflexionar mucho sobre ello, considerar las ramificaciones, pero Amelia había empezado a fraguar un plan: si realmente la muerte de Maite había sido culpa suya, si no tenía que ocurrir, era su deber como agente del Ministerio arreglarlo. 


Incluso si eso significaba hacer que Julián nunca ingresara en el mismo.
“Puede decirse también que son tres los tiempos: presente, pasado y futuro, como abusivamente dice la costumbre; dígase así, que yo no curo de ello, ni me opongo, ni lo reprendo; con tal que se entienda lo que se dice y no se tome por ya existente lo que está por venir ni lo que es ya pasado”.

(San Agustín, Confesiones, 11.6)

Anuncios

MdT: A destiempo

Marcos Muñoz | Periodista y Escritor
Colaborador Belmonte Arte Secc. ‘Misterios del Ministerio’

– Un día tranquilo, don Alonso -respondió algo aburrido Marcial, el vigilante a aquellas horas de la insondable escalera de caracol-. Nadie ha salido hoy de misión ni esperamos a nadie de regreso por ninguna puerta. Supongo que, sencillamente, hay días que nadie quiere hacer Historia.- Todos los días se hace la Historia, los que nacen y los que mueren -dijo Entrerríos-. Pero a menudo estamos más ocupados sobreviviéndola que intentando cambiarla. ¡Con Dios! -se despidió, y tras entrechocar, los tacones de sus botas comenzaron a sonar a buen ritmo escalera abajo. 
El franco veterano de los Tercios intentaba pasar el máximo tiempo posible en su propia época, para recordarse que aquello era la vida real y no las rarezas que pasaban por modernidades en el Ministerio de 2015. Pero, obligado por su deber, no esperaba a que le fueran a buscar con alguna misión, y cada día atravesaba aquella puerta embrujada para dirigirse al futuro y preocuparse por el estado de las cosas. Prefería que si había una crisis le pillara preparado.
Tocaba volver a casa. Tercer sótano, cuarto, quinto de aquella espiral que cada vez se acercaba más a los salones de Satanás. ¿O era el sexto? Ya se había vuelto a descontar: se asomó a la barandilla y miró hacia arriba, tratando de calcular los pisos. Por reflejo luego miró hacia abajo (no le daba miedo mirar cara a cara a la oscuridad) y le pareció distinguir otra cabeza asomada, algunos pisos más adelante. ¿Pero no decía Marcial…?

El desconocido se apartó bruscamente de la barandilla al ser descubierto y Alonso apretó el paso para llegar a su planta cuanto antes. Podía ser un agente venido desde cualquiera de los puestos del Ministerio, pero generalmente aquéllos llamaban, si necesitaban comunicarse con 2015. Más probable era que fuese un intruso… y desde lo de los germanos, sabía que eso podía ser un peligro notable. Echó un vistazo rápido por los pasillos que iban saliéndole al paso en su descenso. Por la esquina de uno vio desaparecer una capa roja y la siguió corriendo.

Después de torcer, el pasillo moría en un callejón sin salida. El desconocido se giró, a pocos metros de Alonso. Vestía una larga capa encarnada que llegaba casi hasta el suelo, con la que se cubría todo el cuerpo; por debajo apenas se adivinaban unas botas. Portaba espada, como él, así que no debía ser de un siglo muy posterior; hombre, por tanto. Pero lo más llamativo era que aquel individuo llevaba una máscara blanca con una sonrisa bermeja perpetuamente congelada.

– ¡Alto! -exclamó Alonso-. ¿Quién sois y de dónde habéis salido?
El intruso pareció ir a decir algo, pero lo pensó mejor, siguió callado y levantó una mano, empujando la palma hacia adelante. Quería que Alonso se apartara.
– Os he hecho una pregunta muy clara, señor, y necesito una respuesta igualmente clara -desenvainó la espada-. O mejor dicho, la necesitáis vos.
El otro miró alrededor, como valorando las puertas que tenía cerca. Se encogió de hombros y, manteniendo el silencio, desenvainó también.
– Está bien -admitió Alonso-, que hable el acero -y cargó contra su adversario, tratando de desarmarlo rápidamente. Sin embargo, el desconocido se esperaba aquella táctica, se apartó con un paso corto y recibió su segunda estocada con facilidad. Era fuerte, probablemente tan fuerte como él e igualmente diestro con la espada, si no más. Bajo aquel embozo tan teatral se escondía un hombre de armas-. ¿Quién demonios sois? -volvió a preguntar.

Alonso intentó fintas, respuestas y contraataques, pero vive Dios que el otro hombre parecía conocerse todos los trucos de Pons y De la Torre, y aún podría dar clases al gran Carranza, especialmente en los movimientos más sucios que él no había aprendido en el campo de batalla sino en los callejones oscuros de Sevilla y Sicilia. Sólo conseguía bloquearle el paso hacia las puertas y la escalera, para que no pudiera huir, pero no llegaba a desarmarle ni mucho menos a herirle. De Entrerríos se alejó un par de pasos y su rival hizo otro tanto. Un breve revoloteo de la capa roja le dejó ver que aquel hombre llevaba botas sencillas, similares a las suyas, pero la izquierda estaba rasgada por la parte exterior. Aunque la visión de las mismas fue breve, le había parecido notar que iba manchada de sangre. Si el intruso estaba herido lo disimulaba bien, pero podía aprovecharse de aquello y tirarlo al suelo, si maniobraba correctamente. Volvieron a acercarse y a entrechocar sus aceros: quizás fue casualidad, quizás Alonso se había fijado demasiado abiertamente en la herida de su rival y no había sabido disimular sus intenciones, pero lo cierto es que fue el enmascarado quien apartó de un fuerte golpe su hoja y lanzó un golpe rápido contra la pierna izquierda de Entrerríos, hiriéndole y derribándolo. Para cuando Alonso volvió a recuperar la vertical, el otro ya había desaparecido por una puerta, la 333.

Rabiando, se santiguó y le siguió, preparado para aparecer en cualquier lugar y momento. Pero ciertamente no estaba preparado para aparecer de nuevo en otro pasillo lleno de puertas del Ministerio.
– ¿Pero esto qué es? -dijo con una mezcla de sorpresa e indignación.
Las misteriosas puertas del Ministerio llevaban al pasado a lugares cercanos o lejanos de la geografía española. Los había incluso situados en lugares extraños. Pero nunca había encontrado una puerta que llevara al propio Ministerio. ¿En qué época debía estar? ¿Era esto lo que quería aquel intruso, robar los secretos de un Ministerio anterior, cuando la seguridad estaba más relajada?

Salió corriendo hacia la escalera, ignorando el dolor de la herida, cerca del talón, y se detuvo. Su corazón latía rápidamente pero juraría que no se oían pasos. No: había silencio. Se dio la vuelta. Ahora reconoció el pasillo al que llevaba la puerta 333: era el mismo que tenía la entrada a su propio tiempo, la que utilizaba cada día para volver al Madrid de su tiempo. El intruso debía haberse colado por alguna de ellas, ¿pero cuál? Echó un vistazo rápido en orden: un almacén lleno de trastos. Su calle, vacía. Una cueva con extrañas pinturas en las paredes. Una cabaña junto a la playa. Una habitación estrecha y abigarrada, con un espejo iluminado por aquella luz “eléctrica”, llena de ropa colorida, plumas y… una capa roja que conocía. Entró por aquella puerta (era un armario) y cogió la capa: bajo ella estaba la conocida máscara blanca del intruso. La cogió también y torció el gesto ante su rictus burlón. Sin embargo, allí no había nadie más.

El cuarto tenía una puerta blanca, que abrió sin dudar: el intruso debía estar fuera, muy cerca todavía. Y estaba herido, como él. En el exterior era de noche: una inmensa carpa blanca y verde se alzaba en las inmediaciones. Docenas de personas entraban lentamente en ella, conversando y riendo: familias, con profusión de niños. Alonso se encontraba en la puerta de un carromato, similar a varios aparcados cerca. Estaban pintados con dibujos coloridos de caras con grandes narices, fieras y nombres rimbombantes; podía oler la presencia de animales, y también de alimentos extraños, demasiado dulces, flotando en el ambiente. Oyó un rugido, venido de no muy lejos.

Entró de nuevo en la carreta. Había demasiada gente, necesitaría ayuda para encontrar a aquel hombre. Debía alertar a la Patrulla. Cruzó la Puerta del Tiempo y esta vez se aseguró de su numero: 96. Se disponía a volver a atravesar la 333 para regresar a 2015, cuando oyó un eco de voces lejanas. Tal vez, después de todo, el intruso sí se había quedado en esta versión anterior del Ministerio. Se acercó a la escalera de caracol para asegurarse y prestó mucha atención a lo que se oía más arriba.

Si asombrado se había quedado al cruzar una puerta y aparecer en el Ministerio, lo que oyó ahora lo dejó blanco, completamente patidifuso. Incrédulo, Alonso miró arriba y vio como el intruso, a lo lejos, empezaba a bajar la escalera. No debía verle, no ahora que… Subió renqueando una planta y se metió en el primer pasillo que encontró. Como esperaba, llevaba a un callejón sin salida. Ya escuchaba los pasos del extraño hombre, detrás suyo, acercándose. Estaría aquí en cualquier momento. No debía verle, de ningún modo. Se dio cuenta entonces de que llevaba aún en las manos la capa y la máscara del intruso.

Se las puso justo a tiempo y se giró para encarar a su perseguidor, que exclamó:
– ¡Alto! ¿Quién sois y de dónde habéis salido?