Peinar el humo

PASAJE |DE CHINITAS 
“Cuando se escribe en Belmonte Arte, la casa de Melanie Belmonte…”
Iván R. Ray
Escritor | Colaborador Belmonte  ••• | Arte

Solo quien haya visto cómo muere el amor podrá comprender que vivir con plenitud la propia es vida es morir para que otro viva la suya. Amar es entregar nuestra vida para que, sin saberlo, otro no muera. Es así como nos hacemos humo, un aliento que exhala otra boca hasta convertirse en recuerdo de nosotros mismos, apenas recuerdos del futuro que será antes de que les alcance el tiempo. Somos humo que hoy está aquí como una calada compartida, el vaho de dos que se abrazan cuando el frío, cuando el mundo toma la forma de sus volutas, y sus tirabuzones blancos abrazan todo cuanto un día quisimos ser al llegar la noche con sus formas sin luz, que son las formas de todas las personas que hemos conocido. El humo de cada calada es el mismo cigarrillo en los labios de dos personas que compartieron un paisaje creado al respirar juntos, compartiendo ese silencio, aspirando como si fuesen una sola. Para quien supo amar, los recuerdos son todo aquello que no cabe en un ataúd.

Los días se vuelven humo y las ciudades niebla sobre las que un coloso exhaló su hálito. Y es en la niebla donde mejor se conoce a una persona, cuando los sentidos se agazapan y el hombre recuerda que tras ellos existe uno último, un olvidado sentido sin nombre ni momento, que es el poder encontrarte de nuevo. En la niebla, ese humo que se levanta cuando sacudimos el polvo de los recuerdos, los pasos se vuelven tactos, los oídos saberte, las miradas oírte otra vez. Caen las calles de piedra sobre la niebla como una nueva Creación en la que hayamos de poner nombre a cada esquina donde pudiste estar, a cada portal donde debí esperarte, a cada banco pensado para que cruzaras las piernas. La niebla, para quien vio pasar cerca el amor, es el material del que están hecho los que sueñan, donde no hay sombras, solo la luz brava la penetras tornando en mil grises lo que llegará a ser cuando ya no estemos.

Pero cuando levanta la niebla ya es tarde, y todo lo que seremos se lo lleva consigo allá donde va a dormir cuanto no pudimos asir a tiempo, cuanto no llegamos a acariciar. Solo en la niebla llegamos a descubrir que hay otro mundo en el que encajan las formas de nuestros dedos, los arcos románicos y usted, cuyo nombre es el idioma que se habla en esa inmensidad que forman las palmas de las manos. Nos sentamos a peinar el humo de los recuerdos, pausados, a cantar en voz baja canciones que alguien compondrá mañana, a engendrar las criaturas de las historias que escribirán otros. Entonces nos pondremos en pie y caminaremos siguiendo una voz, sabiendo que en la niebla los caminos se crean con cada paso, todo es camino y todo horizonte, todo esperanza y todo lamento mientras esperamos el momento en que las nieblas se vuelvan todo cuando parece no haber nada, cuando todo es confuso menos tu vientre, todo futuro fugaz.

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Penélope

PASAJE |DE CHINITAS 
“Cuando se escribe en Belmonte Arte, la casa de Melanie Belmonte…”
Iván R. Ray
Escritor | Colaborador Belmonte  ••• | Arte

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Fresas

PASAJE |DE CHINITAS 
“Cuando se escribe en Belmonte Arte, la casa de Melanie Belmonte…”
Iván R. Ray
Escritor | Colaborador Belmonte  ••• | Arte

Cuando nadie mira, la naturaleza hace fresas. Y lo hace para presumir, claro, pintándose de rojo, de rojo sangre, los labios de esos frutos que nos regala para que se sepa que no se olvida de nosotros. Aparecen así en su época, que son todas en las que cabe mirar, son los diamantes que, cansados de estar escondidos bajo la tierra donde dormitan desde comenzó la eternidad, florecen asomándose a nuestros ojos como brillantes que maduran después de cristalizar, entregándose a los amantes jugosos y a los niños que las comen por las noches.

Y así las vemos, tan perfectas que no cabe en ellas un defecto más, queridas y tan deseadas que solo podemos llevarlas a la boca con los mismos dedos con los que se cometen los pellizcos. Es la fruta sin pretenderlo de quienes pretenden iniciarse en las ciencias inexactas, la de los caprichos, y por eso crecen donde más se las espera. Son, en fin, el fruto que ha de comerse de uno en uno entre dos, como ellas, para disimular, tal vez por ello aprendieron a esconderse de aquellos que no las merecen, ocultándose miméticas entre las zarzas para no ser encontradas. Porque son, quien las probó lo sabe, fruta de curso legal en la naturaleza.

Y así contamos las fresas para saber saber los años que nos quedan por haber vivido y, en la palma de las manos, sentir el latido emocionado y tierno como el corazón de un jilguero antes de devolverlo al viento. Laten las fresas la cadencia de las entrañas de las tierras como si bajo el suelo que besamos después de pisarlo usted bullera el acorde de mil corazones coronados de verde.

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Cuando los hombres eran gigantes

PASAJE |DE CHINITAS 
“Cuando se escribe en Belmonte Arte, la casa de Melanie Belmonte…”
Iván R. Ray
Escritor | Colaborador Belmonte  ••• | Arte

Cuando los hombres eran gigantes que poblaban la faz de la tierra, hasta los demonios se escondían a su paso. La Creación aún no había terminado de fraguar y con sus manos estos hombres ayudaron a moldearla. Cuando los hombres eran gigantes comenzaron a escribir la historia, como hoy, en las cortezas de los árboles antes de que nada importara. Cuando los hombres merecían ese nombre guardaban una navaja en sus bolsillos y con ellas tallaban su verdad y la de la persona a la que amaban porque todavía no se había inventado el miedo, y a su lado una fecha, que era cuando comenzaba la vida, la suya de ellos. El futuro para ambos era un mar en blanco que rellenar cuando no existían caminos, cuando cada horizonte era nuevo, cuando se ponía el sol sin saber si volvería a salir tras dejar preñada a la luna para que concibiese un nuevo día. Cuando los hombres eran de verdad se daban la mano y el alma cabía en una palabra: sí.

-Los hombres parten el pan con las manos.

Así nos lo contó Lorca en compañía del Amargo. Decía que hay cuchillos de oro, que buscan el corazón, y otros de plata que degüellan. Pero el pan se parte con las manos, y se da a cada cual su porción sin que nadie quede sin él. Los hombres ribeteaban los árboles con sus iniciales usando una navaja, un cuchillo, acaso un estoque, y mojaban su hoja en el río y dejaban que no se secara a la luz de esa luna de antes de, como los grandes autores, dejar su firma en la Creación. Era por entonces cuando el horizonte se doblaba como un embozo y cada mañana era la última porque el tiempo no existía, y la eternidad era su religión. Cuando el mundo acabe quedarán esos árboles, y esos nombres y esas fechas sin sentido, y todo recobrará su entendimiento porque el nuevo mundo brotará de las semillas que germinaron tras las flores de esos árboles que nadie regó, que nadie cuidó y a todos dio sombra. Y cada cual reconocerá su letra, el nombre de la amada en ella, y la placidez que regala a la ribera de su río, de su prado, de su jardín. Lo hacían porque creían en las obras de sus manos, y tanta era la vida ansiada que necesitaban a su lado el nombre de una mujer para ser capaces de poder acabarla. Era entonces cuando los árboles así heridos sangraban y el bosque se rendía inclinando sus copas ante los elegidos.

Nadie que haya jurado leal amor a una mujer verá jamás su dicha defraudada y, cuando llegue la hora del naufragio, sabrá agarrarse a un tronco salvador que llevará su nombre tallado en su lomo porque el error es tan solo uno de los nombres que damos al destino. Así ocurría cuando los hombres eran gigantes, que es como se llama, a cualquier edad, a la juventud.