BELMONTE CINE | MdT: Tiempo de paz (I)

Marcos Muñoz | Periodista. Escritor Misterios del Ministerio

Un ligero temblor, como si el metro hubiese pasado demasiado cerca, y varios puñados de polvo cayeron desde las lámparas incandescentes. Todo el mundo se detuvo un momento en el pasillo: un monje cisterciense perdió el hilo de lo que departía con su compañero, letrado en la corte de Carlos III. Una joven aprendiza de modista se escabulló entre ambos, miró al techo como todos, y pasado el susto inicial siguió  hasta el despacho del subsecretario. Tuvo que llamar dos veces hasta que le dieron permiso para entrar.  

– Señor -fue cuanto dijo.  

– Hable, hija, hable. Vaya directa al grano, que tengo mucho follón.  

– La Patrulla está lista para la misión, señor subsecretario. Han pasado ya por las manos de Don Humberto.  

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Las mujeres que leían a David Cooperfield

Iván R. Ray Escritor | Colaborador Belmonte Arte ©

PASAJE | DE CHINITAS “Cuando se escribe en Belmonte Arte, la casa de Melanie Belmonte…”

Para esperar a los suyos las mujeres comenzaron a leer. David Copperfield, de Charles Dickens. Capítulo Primero. No mientras esperaban a los suyos, no, sino para esperar a los suyos, que no es lo mismo.

Leía ella; las demás fingían que fingían haciendo como que hacían, que de tal se trataba.

Era cuestión de vida o suerte.

Así lo vimos en Gone With The Wind , eso dijeron unos, que es Lo Que El Viento Se Llevó , respondieron otros, un relato basado en hechos tan reales que nadie se atrevió a vivirlos, como son todos los hechos que se protagonizan cuando se está enamorada.

Nadie les dijo a esas mujeres qué debían hacer porque no lo necesitaban, eran mujeres de verdad y no lo hubieran consentido; nadie les dijo dónde esconderse porque nunca lo hubieran hecho, no conocían esos caminos; nadie les dijo dónde quejarse porque no conocían ese idioma. Solo sabemos que era de noche y que esperaban a los suyos, y que esos tan suyos eran sus hombres, que ser de cada cual es cosa de mucho soñar, como todo lo que de verdad importa.

Luego ocurrió que primero llegaron los otros, uno en realidad, que era capitán y que vino solo y traidor como todos los héroes que son de verdad y de mentira a la vez.

Después lo hicieron ellos, los buenos, los ciudadanos de bien, los que ganaron la guerra antes o después, los que semientan lecciones, los buenos. Nosotros, los buenos, ya sabe…. La guerra había terminado en su ardor guerrero antes de comenzar la primera batalla.

Las mujeres cosían, creo, y escuchaban, u oían; leía a David Copperfield, las otras oían, o escuchaban, creo. La esclava vigilaba a los vencedores, que eran más y eran los buenos, y traían el poder y escondían el derecho; e iban armados.

Al final llegaron los suyos envueltos en brumas, derrotados habían vencido y alcanzado el honor, la última derrota les pertenecía; eran todos los triunfos en uno, la sangre de sus venas era negra, del negro de la pólvora y de la noche que los aguardaba. Sabían que al día siguiente no saldría el sol: no tenía necesidad de hacerlo. Habían cabalgado a lomos de sus derrotas para rendir honor a las suyas.

La vida siguió, ellos no, no les importaba la vida que venía a continuación, era la vida de otros, no la de las suyas, esas suyas que amaban a los suyos porque les arrebataron el derecho, no la justicia. Uno pertenece a la tierra en la que nacen sus padres, no él, y pertenece al derecho que juró acatar su madre, no él. A aquellos hombres, que eran tan suyos que solo les pertenecían a ellas, no les importaba morir para protegerlas. Su derecho era su amor. Y su amor era su ley. Eran idiotas. El amor los había vuelto idiotas.

Y ellas, pudiendo serlo todo, prefirieron ser de ellos. Porque quisieron. Charles Dickens contó que hubo un tiempo en el que el tiempo no importaba, puede que ni existiera. Un tiempo, David Copperfield lo sabía bien, en el que el bien se hacía, y nada más. Un tiempo que se contaba en personas a las que se había amado. Era una manera de contar el tiempo, pero también de acuñar riqueza.

David Copperfield era un buen chico. Cuando los hombres que juraron dar su vida por proteger a las mujeres a las que juraron amar se acercaban a la casa, escucharon que alguien leía las aventuras de David Copperfield. Lo que sintieron entonces solo lo saben ellos. O no.

Felix culpa

Iván R. Ray Escritor | Colaborador Belmonte Arte ©

PASAJE | DE CHINITAS “Cuando se escribe en Belmonte Arte, la casa de Melanie Belmonte…”

Cualquiera sabe odiar, todo es ponerse a ello, ¿lo ve?, uno va, y odia, y ya está, odiado queda, pero uno no sabe qué hacer delante de un Portal de Belén. Hay gente triste, pero esos no cuentan porque nacen tristes, eso es cosa sabida, tristes porque no son todo lo que no parece que son lo que parecen; y también hay gente que no, que por mucho que sí, pues no, y esos tampoco cuentan porque ellos no quieren, los contamos pero ellos se descuentan. Lo del Portal de Belén, en cambio, es todo eso, y más, aunque tampoco demasiado más, solo todo porque no, no sabemos qué hacer delante de un Portal de Belén. Tampoco sabemos qué hacer delante de Las Meninas y parece que no pasa nada, pero en realidad sí pasa, aunque tampoco pasa todo, solo pasa demasiado, pasa que sabemos que es distinto mirar Las Meninas que un Portal de Belén, lo sabemos, sí, pero no sabemos qué hacer allí, allí delante. No sabemos qué hacer como tampoco sabemos llorar a escondidas, o reír para que no se sepa, o las tres cosas a la vez para que sí parezca que no, como tampoco sabemos si debemos correr para quedarnos. No lo sabemos. Quedarnos quietos no es saber qué hacer. Irnos, tampoco. Parece que sí, pero no lo es. Ni saber brindar es saber qué hacer, ni al malhablar lo sabemos, ni tampoco sabemos por qué no sabemos. Pero sí lo sabemos en realidad, aunque callamos, o quizá porque callamos. Se calla cuando se piensa, eso es algo que se hace por educación, como masticar, fumar o besar. No sabemos qué hacer delante de un Portal de Belén porque pensamos, pensamos callados, pensamos en el primer Portal de Belén que fuimos, ese, el que nos pusimos a poner, o el que no se puso porque no se quiso, porque no se pudo, porque no sin más. Entonces sí sabíamos qué hacer delante de un Portal de Belén, una abuela nos lo decía, y una madre, o las dos, a veces un padre que dejaba sus manos afanosas por un momento para decirnos qué hacer delante de un Portal de Belén. Eran de verdad, todo ello, todos ellos eran de verdad. Puede que también nosotros, ahora no lo sé, pero aquello fue cierto una vez, una vez que duró mucho tiempo, que es el tiempo que duran los hermanos, mucho tiempo, tanto que es siempre. Después de todo aquello, ahora, no sabemos qué hacer delante de un Portal de Belén. Los más listos callan para que no se les note, los demás, en cambio, no, pero se nota igual. El silencio que guardamos delante de un Portal de Belén es un pentagrama sin estrenar, el de la música que sonaba cuando abandonamos la habitación en la que fuimos por última vez de aquellos que sí sabían qué hacer delante de un Portal de Belén.

-Contadlo también vosotros algún día.

No lo hicimos. O no lo hicimos bien. Ahora cualquiera sabe odiar, pero pocos saben qué hacer delante de un Portal de Belén. Callar, sí. Es lo mejor. Callar mucho, callar todo. Quizá escuchar. Como entonces

Niebla

PASAJE |DE CHINITAS “Cuando se escribe en Belmonte Arte, la casa de Melanie Belmonte…” Iván R. Ray
Escritor | Colaborador Belmonte  ••• | Arte

De vez en cuando la vida cierra los ojos. Lo hace para respirar, dicen, lo hace para descansar en su peregrinaje, como un reposo, es cuando baja los párpados por un instante antes de seguir para que sigamos. Y lo que dura ese momento en el que aparta la vista para no desesperar es lo que los hombres, en su insignificancia, llamamos Niebla, pues todo lo que puede pensarse cabe en el tiempo que permanece, todo lo que de verdad importa se abarca en su efímera eternidad. Entonces sabemos que es Niebla, y lo es porque podemos en Ella alcanzar a tocar todos los horizontes posibles con los dedos, están ahí, todos, a nuestro alcance, y al tiempo somos el horizonte nuestro, y el del amigo, y el de la amante que nos acompaña sin saberlo. Sabemos que es Niebla porque en su cobijo sentimos que esa vida, que el existir, nos cubre con una sábana blanca, tan blanca como solo pueden ser blancas las sábanas de los lechos de los recién casados. Sabemos que es Niebla, en fin, porque posee la forma de los lienzos, que es la forma que usted posee, que es la forma de poseernos. En la Niebla somos nosotros el paisaje, el principio y el fin de algo y de nada a la vez, acaso porque durante la Niebla apenas aprendemos a palpar y todo cuanto no vemos se hace verdad, y todo cuanto rozamos es cierto, tan auténtico como nunca lo ha sido, sin engaños ni apariencias, tocamos lo que sí es porque nos fiamos al acariciarlo.

Y será Niebla, lo sabemos, mientras dure el aliento de los dioses que la crearon exhalando su alma sobre nuestras miserias para hacerla también nuestra. Esa respiración de los cielos que nos hace inmortales hasta que nos disipemos con ella nos acompaña cuando recorremos de su mano los arroyos mientras que al otro lado amanece para los demás, y así aspirar el olor a salitre de las playas donde los niños dejaron olvidados sus continentes descubiertos ayer, y el musgo de los valles donde algún día reposarán los huesos, todos los huesos. Pero eso será después, ahora es solo Niebla sobre la que caemos.

Y seremos Niebla si como en ella no hay engaño, Niebla pálida que vence a la oscuridad, y a la muerte de los sentidos porque en Ella todos son posibles. Luego, lo sabemos, vendrá lo demás, la Niebla alzará su vuelo como se levantan los velos de las novias, dejando que todo lo que pudimos haber sido, la realidad creadora de cuando todo es ese breve instante, se haga real cuando de vez en cuando la vida cierre los ojos. Solo entonces comprendemos que no existe el beso sino el besar, que nunca vivió la poesía sino las poetas, y sabremos, como en la herencia que nos deja nuestra descendencia, que tampoco en este mundo existe el amor, sino quienes se aman.

Será entonces la Niebla, que llega a nosotros para que la abracemos como se abraza todavía húmeda la ropa de la casa tendida al sol para quienes nunca creyeron que el amor sea para siempre, sino la victoria de cada mañana. Como la Niebla.

Calles vacías

PASAJE |DE CHINITAS “Cuando se escribe en Belmonte Arte, la casa de Melanie Belmonte…” Iván R. Ray
Escritor | Colaborador Belmonte  ••• | Arte

El entramado de calles es la huella dactilar que deja el hombre sobre cada tierra. Y es en ella, desde el corazón de cada casa, de donde subimos por sus arterias a la mañana, da igual la hora que sea, o no, de la noche, y regresamos por sus venas cada vez que amanece a plena luna del día. Las calles vacías están hechas para contar adoquines que nunca encajan del todo, y en ellas el número de cada casa es el número de un capítulo del libro que alguien protagoniza en nuestra vida al morir. En la ciudad perfecta, se diría, cada quien puede elegir el número de la casa que habita. En las calles vacías el territorio más lejano para cualquier aventurero es la casa de al lado, la última frontera es la puerta del vecino, su jardín, donde rezongan los dragones y somos nosotros quienes vivimos debajo de las camas de los demonios y sus fantasmas. Porque la casa del vecino alberga todo lo que llenan las calles que ahora están vacías.

En las calles vacías se saca a descansar al sol con correa, y se invita a la luna a brindar entrechocando biznagas. Las calles, cuando vacías, tienen el viento de proa, son el viejo obturador de réflex abierto que solo captura aceras y balcones en las que ondean las banderas de sus gentes y sus gestas tendidas a secar. Por las calles vacías las avenidas pasean atestadas de almas que pasaron simulando no ser vistas, son las calles en las que el parpadeo de la cotidianidad hace parecer que por un instante no hay nadie, lo que dura ese cerrar y abrir de ojos con la esperanza de seguir vivos al volver a no ver. Las calles vacías de cualquier ciudad son el lugar que limitan al norte con el infinito del cielo, y al otro lado el mar y el paso de vencejos y gorriones, ahí donde cabe todo lo que ansiamos. En las calles vacías nosotros somos el eco, y ella un árbol que se ha despojado de las hojas, un campo segado, una playa cuando sale el sol de mañana.

Las calles vacías de las ciudades fueron hechas por gigantes que doblaron sus esquinas con sus propias manos para que entre sus muros de sueños cupieran todos nuestros pasos y, al alba, se vistan de virgen para aquel primer hombre que la pisa a la mañana con la llave de sus ojos preñados de aquella que amó. Entonces la voz se atenúa en sus aceras, la luz se hace susurro y en los callejones las paredes se besan mientras al oído hablan de nosotros entre ellas palabras que serán lluvia algún día, y mientras llega la mañana la ciudad se peina sus calles, se aplaca las arrugas de sus aceras, se pinta de carmín sus bancos, y sus portales, y los maullidos. Una calle vacía es la capital de todos los reinos.

Entonces usted cruza la acera y desaparece, y la calle, antes vacía, vuelve a bullir atestada de viandantes. Siempre lo estuvo, pero no existían. Ni importaban.